martes, febrero 02, 2010
Onomástico
Es ser un año más viejo, un año más débil, más fuerte. Se trata de crecer, de rejuvenecer, de madurar, de retroceder -mirar atrás un segundo y estar seguro, segurísimo, que no te arrepientes de nada-. Se trata de proyectarse, de creer que puedes, de llorar cuando te das cuenta de que no. Es un feliz día por momentos, porque todos te quieren por veinticuatro horas, es un mal día porque falta alguien, alguien a quien tienes que darle el alcance. Es tu día al final de cuentas, disfrútalo, acompáñalo con pisco.
jueves, diciembre 31, 2009
Recuento
Enero: Comencé el año sumergido en una piscina, arrojado post-abrazo de algarabía. Dos días antes, amigos que tenían una casa en San Bartolo me arrastraron a pasar la fiesta con ellos. Un día antes, Isabel llegaba intempestiva y borrachamente. Se fue por la tarde, horas antes de la medianoche.
Febrero: Celebré mi ciudadanía mundial con los amigos de siempre. Para variar, Isabel y yo discutimos. Raquel llegó a saludar. Me puse notoriamente nervioso –creo que rompí dos vasos-. Esa noche, a modo de broma – o tal vez no- le dije a ésta última que aún la amaba mientras nos despedíamos fugazmente, entre risitas cómplices.
Marzo: Decidí terminar con Isabel. Me había dado cuenta de que me caía realmente mal. También me enfermé del hígado. Bebí un mes sin parar al darme cuenta de que realmente la extrañaba.
Abril: Regresé a la universidad. Todos se dieron cuenta de que estaba gordo, sucio, descuidado, más idiota de lo usual. Hice nuevos amigos, sobretodo amigas. Me empecé a divertir como nunca. Me enamoré de todas y cada una de ellas. Ellas lograron que sobreviva a mi depresión.
Mayo: Empecé a dudar de lo que estudio. Decidí que sería un medio de financiamiento y no de realización. Micaela debió cumplir cinco años. Isabel decidió cantarle happy birthday tras la ceremonia, en plena iglesia. La odié por eso.
Junio: Me rapé los costados de la cabeza. Me hice la cresta que tanto quería. Adelgacé. En alguna ocasión, una chica me sonrío coquetamente. Le agradecí en silencio.
Julio: Apareció Melissa, con toda su vida, con toda su turbulencia, con todo su inglés. Apareció con mi alegría noctámbula y nómada, con la gripe porcina, con las vacaciones de medio año.
Agosto: Melissa seguía aquí pero pronto se iría. Le dije que la quería. Era cierto, era la primera vez que era tan cierto. Me devolvió el alma. Me dejó bien claro que por ahí, por algún lugar, había una chica que estaría conmigo, con todos mis defectos y mis personalidades, estaría conmigo.
Septiembre: Grabé mi primer protagónico. Un corto adaptado de “Ojos de perro azul” de García Márquez. Fui feliz los tres días de grabación. No cobré un peso, un céntimo, ni una fucking luca.
Octubre: Acepté grabar un corto al otro lado de la ciudad. Cobré como grande y trabajé como esclavo. No importaba, la directora, la maquilladora y la dueña de casa tenían el trasero enorme.
Noviembre: Grabé mi corto propio, como protagonista y co-director, co-productor, co-guionista. En fin, de una producción de cinco personas, sólo trabajamos Esteban y yo. Raquel accedió a actuar conmigo. La amé por eso.
Diciembre: Me concentré más en las grabaciones que en los estudios –al final de cuentas, eran los primeros los que me ayudaban a pagar las deudas-. Resultado: me retiré de dos cursos y jalé otros dos. Una guapa muchacha decidió engañar a su novio conmigo, cometí el error de traerla a mi casa. Salí a bailar con Raquel un día después de navidad. Estaba bella como sólo ella lo sabe estar.
Feliz Año nuevo a todos. Los que me leen, los que no, los que me leerán. A Mica, a mis padres, a mi hermana, a mis amigos que son casi mis hermanos. Con los que trabajo, con los que estudio (“…”)
Febrero: Celebré mi ciudadanía mundial con los amigos de siempre. Para variar, Isabel y yo discutimos. Raquel llegó a saludar. Me puse notoriamente nervioso –creo que rompí dos vasos-. Esa noche, a modo de broma – o tal vez no- le dije a ésta última que aún la amaba mientras nos despedíamos fugazmente, entre risitas cómplices.
Marzo: Decidí terminar con Isabel. Me había dado cuenta de que me caía realmente mal. También me enfermé del hígado. Bebí un mes sin parar al darme cuenta de que realmente la extrañaba.
Abril: Regresé a la universidad. Todos se dieron cuenta de que estaba gordo, sucio, descuidado, más idiota de lo usual. Hice nuevos amigos, sobretodo amigas. Me empecé a divertir como nunca. Me enamoré de todas y cada una de ellas. Ellas lograron que sobreviva a mi depresión.
Mayo: Empecé a dudar de lo que estudio. Decidí que sería un medio de financiamiento y no de realización. Micaela debió cumplir cinco años. Isabel decidió cantarle happy birthday tras la ceremonia, en plena iglesia. La odié por eso.
Junio: Me rapé los costados de la cabeza. Me hice la cresta que tanto quería. Adelgacé. En alguna ocasión, una chica me sonrío coquetamente. Le agradecí en silencio.
Julio: Apareció Melissa, con toda su vida, con toda su turbulencia, con todo su inglés. Apareció con mi alegría noctámbula y nómada, con la gripe porcina, con las vacaciones de medio año.
Agosto: Melissa seguía aquí pero pronto se iría. Le dije que la quería. Era cierto, era la primera vez que era tan cierto. Me devolvió el alma. Me dejó bien claro que por ahí, por algún lugar, había una chica que estaría conmigo, con todos mis defectos y mis personalidades, estaría conmigo.
Septiembre: Grabé mi primer protagónico. Un corto adaptado de “Ojos de perro azul” de García Márquez. Fui feliz los tres días de grabación. No cobré un peso, un céntimo, ni una fucking luca.
Octubre: Acepté grabar un corto al otro lado de la ciudad. Cobré como grande y trabajé como esclavo. No importaba, la directora, la maquilladora y la dueña de casa tenían el trasero enorme.
Noviembre: Grabé mi corto propio, como protagonista y co-director, co-productor, co-guionista. En fin, de una producción de cinco personas, sólo trabajamos Esteban y yo. Raquel accedió a actuar conmigo. La amé por eso.
Diciembre: Me concentré más en las grabaciones que en los estudios –al final de cuentas, eran los primeros los que me ayudaban a pagar las deudas-. Resultado: me retiré de dos cursos y jalé otros dos. Una guapa muchacha decidió engañar a su novio conmigo, cometí el error de traerla a mi casa. Salí a bailar con Raquel un día después de navidad. Estaba bella como sólo ella lo sabe estar.
Feliz Año nuevo a todos. Los que me leen, los que no, los que me leerán. A Mica, a mis padres, a mi hermana, a mis amigos que son casi mis hermanos. Con los que trabajo, con los que estudio (“…”)
lunes, noviembre 30, 2009
The tears of the sunglasses

El sol refulgía impiadoso en las alturas cuando el bus avanzaba. La muchacha, casi una mujer, revisaba su cartera en busca del celular, estaba retrasada para llegar a su siguiente destino, estaba sofocada por el calor, por culpa del sol inmisericorde, estaba agotada de tanto ir y venir por una ciudad que no le ofrece nada lindo a la vista. En esta ciudad no hay nada que ver, todo es gris, todo es opaco, todo está cubierto por polvo o por basura arrojada desde los mismos buses que ella aborda todos los días y a toda hora. Cada día de su vida se concentra en ello, en ir y venir por esta ciudad que le parece mugrosa, por culpa de tener la responsabilidad de ser mujer aún siendo una muchacha, por tener que trabajar yendo y viniendo.
El bus iba apresurado y ella conversaba por celular o enviaba mensajes de texto. Su madre enferma se quedaba sola en casa mientras ella salía a trabajar, una señora que la última vez que vio sonreír a su hija fue cuando, meses atrás, le entregaban la tarjeta que la acreditaba como ciudadana adulta, pero que en el fondo seguía siendo una muchacha. La muchacha casi mujer que siempre estaba pendiente de su madre. A toda hora quería saber si se sentía bien, si deseaba que le llevase algo, hasta lo más mínimo.
La muchacha miraba por la ventana después de conversar con su enferma madre por décima vez en el día, tras su décimo viaje en bus, cuando alguien se sentó a su lado. Se trataba de un muchacho alto y, al parecer, casi de su edad. Llevaba puestas unas gruesas gafas de sol que le cubrían la mitad del rostro e iba vestido exclusivamente de negro. Cargaba una infinidad de paquetes, de todos los tamaños, de todos los colores. Paquetes que parecían de mucho valor pues el muchacho no los soltaba por nada del mundo, los cargaba todos y cada uno con el mismo cuidado con el que se toma a un recién nacido.
Tenía la voz apagada, algo le dolía, algo lo consumía. Ella logró oírlo cuando hablaba por celular. Parecía que la alegría en él se había ido de vacaciones, o tal vez para siempre. Su sonrisa se había largado y él nada podía hacer nada al respecto, sólo le quedaba cargar sus paquetes con sumo cuidado. Mientras ella lo revisaba de reojo, él mantenía la vista fija, como si estuviera meditando, recordando quizá, con la cara volteada a ella, con los dientes apretados y los paquetes abrazados, recordando quizá que su sonrisa no volvería.
Fue cuando la muchacha casi mujer sintió una profunda pena y, por primera vez en todo el tiempo que su madre se encontraba enferma, se preocupó por alguien más. Era toda la tristeza de este mundo lo que ese muchacho de las gafas de sol sentía, era toda la rabia de sentirse traicionado, era toda la pesadumbre del desamor, era la amargura de querer y no poder, la impotencia. Ese muchacho de las gafas de sol era todas esas sensaciones juntas y la muchacha casi mujer se invadía de ellas.
Y la mirada se mantenía fija, el muchacho no desviaba sus ojos ni su expresión, inmutable y callado se mantenía firme ante su cruel destino de ser quien era en ese instante, de ser toda la tristeza de esta ciudad. Fue en ese momento que su primera lágrima cayó, se dejó correr por el rostro, el trató de camuflarla, trató de secarla antes de que ella la viera. Pero fue en vano. Ella la vio y deseó en ese momento, con todas sus fuerzas, que se saque las gafas por un segundo para ver a sus ojos, para leerlos y que compartan su desazón. Pero el nunca los dejó ver. Lo único que se permitió fue llorar en silencio. Le permitió a ella ser testigo de su pena, que vea que en esta ciudad, en la que el sol refulgura inclemente sobre las calles sucias, el desamor puede ser glorioso si se traduce en lágrimas lacónicas.
Ella perdió su paradero por ver la belleza y la tristeza conjugadas, una sola, todo ella en una molécula de agua que caía a través de unas gafas de sol. Y cuando menos lo pensó, cuando más quería esa angustia cerca de ella, el muchacho decidió cargar sus paquetes, decidió que debía llevarse todo su dolor a otro lado, que a ella no le correspondía tener a la desdicha al costado. Él decidió que esa pena era suya y de nadie más, que a ella la dejaría, un día más, sin las esquirlas del abandono. Decidió que la dejaría ver, aparte de sus lágrimas, lo que esa suma de sensaciones provoca en el ser.
El bus se encontraba en movimiento en plena vía rápida, a toda su velocidad. El conductor sentía que debía huir de algo. Sentía una ola que se aproximaba, una marejada que era únicamente la tristeza de las gafas de sol, que apuntaban hacia él. Casi como un reflejo, aceleraba, pisaba a fondo y el vehículo rugía por el esfuerzo. Fue en ese momento en el que nunca estuvo tan cerca de la miseria. Ante el estupor de la muchacha casi mujer y del chofer, los dos únicos que habían notado el aura herida que habitaba el coche, el muchacho de las gafas de sol abrió la compuerta de salida. El estruendo de la pista, de la máxima velocidad se coló e hizo dar cuenta a todos los pasajeros. Las gafas de sol dejaron caer un par más de lágrimas, el muchacho agradeció la preocupación de ella, que se notaba en sus ojos, le dio las gracias con una sonrisa.
Esa sola sonrisa que al segundo siguiente no existiría nunca más. El muchacho de las gafas de sol, de la pena inconmensurable, de las lágrimas bellas, se había arrojado fuera del bus en marcha.
El bus iba apresurado y ella conversaba por celular o enviaba mensajes de texto. Su madre enferma se quedaba sola en casa mientras ella salía a trabajar, una señora que la última vez que vio sonreír a su hija fue cuando, meses atrás, le entregaban la tarjeta que la acreditaba como ciudadana adulta, pero que en el fondo seguía siendo una muchacha. La muchacha casi mujer que siempre estaba pendiente de su madre. A toda hora quería saber si se sentía bien, si deseaba que le llevase algo, hasta lo más mínimo.
La muchacha miraba por la ventana después de conversar con su enferma madre por décima vez en el día, tras su décimo viaje en bus, cuando alguien se sentó a su lado. Se trataba de un muchacho alto y, al parecer, casi de su edad. Llevaba puestas unas gruesas gafas de sol que le cubrían la mitad del rostro e iba vestido exclusivamente de negro. Cargaba una infinidad de paquetes, de todos los tamaños, de todos los colores. Paquetes que parecían de mucho valor pues el muchacho no los soltaba por nada del mundo, los cargaba todos y cada uno con el mismo cuidado con el que se toma a un recién nacido.
Tenía la voz apagada, algo le dolía, algo lo consumía. Ella logró oírlo cuando hablaba por celular. Parecía que la alegría en él se había ido de vacaciones, o tal vez para siempre. Su sonrisa se había largado y él nada podía hacer nada al respecto, sólo le quedaba cargar sus paquetes con sumo cuidado. Mientras ella lo revisaba de reojo, él mantenía la vista fija, como si estuviera meditando, recordando quizá, con la cara volteada a ella, con los dientes apretados y los paquetes abrazados, recordando quizá que su sonrisa no volvería.
Fue cuando la muchacha casi mujer sintió una profunda pena y, por primera vez en todo el tiempo que su madre se encontraba enferma, se preocupó por alguien más. Era toda la tristeza de este mundo lo que ese muchacho de las gafas de sol sentía, era toda la rabia de sentirse traicionado, era toda la pesadumbre del desamor, era la amargura de querer y no poder, la impotencia. Ese muchacho de las gafas de sol era todas esas sensaciones juntas y la muchacha casi mujer se invadía de ellas.
Y la mirada se mantenía fija, el muchacho no desviaba sus ojos ni su expresión, inmutable y callado se mantenía firme ante su cruel destino de ser quien era en ese instante, de ser toda la tristeza de esta ciudad. Fue en ese momento que su primera lágrima cayó, se dejó correr por el rostro, el trató de camuflarla, trató de secarla antes de que ella la viera. Pero fue en vano. Ella la vio y deseó en ese momento, con todas sus fuerzas, que se saque las gafas por un segundo para ver a sus ojos, para leerlos y que compartan su desazón. Pero el nunca los dejó ver. Lo único que se permitió fue llorar en silencio. Le permitió a ella ser testigo de su pena, que vea que en esta ciudad, en la que el sol refulgura inclemente sobre las calles sucias, el desamor puede ser glorioso si se traduce en lágrimas lacónicas.
Ella perdió su paradero por ver la belleza y la tristeza conjugadas, una sola, todo ella en una molécula de agua que caía a través de unas gafas de sol. Y cuando menos lo pensó, cuando más quería esa angustia cerca de ella, el muchacho decidió cargar sus paquetes, decidió que debía llevarse todo su dolor a otro lado, que a ella no le correspondía tener a la desdicha al costado. Él decidió que esa pena era suya y de nadie más, que a ella la dejaría, un día más, sin las esquirlas del abandono. Decidió que la dejaría ver, aparte de sus lágrimas, lo que esa suma de sensaciones provoca en el ser.
El bus se encontraba en movimiento en plena vía rápida, a toda su velocidad. El conductor sentía que debía huir de algo. Sentía una ola que se aproximaba, una marejada que era únicamente la tristeza de las gafas de sol, que apuntaban hacia él. Casi como un reflejo, aceleraba, pisaba a fondo y el vehículo rugía por el esfuerzo. Fue en ese momento en el que nunca estuvo tan cerca de la miseria. Ante el estupor de la muchacha casi mujer y del chofer, los dos únicos que habían notado el aura herida que habitaba el coche, el muchacho de las gafas de sol abrió la compuerta de salida. El estruendo de la pista, de la máxima velocidad se coló e hizo dar cuenta a todos los pasajeros. Las gafas de sol dejaron caer un par más de lágrimas, el muchacho agradeció la preocupación de ella, que se notaba en sus ojos, le dio las gracias con una sonrisa.
Esa sola sonrisa que al segundo siguiente no existiría nunca más. El muchacho de las gafas de sol, de la pena inconmensurable, de las lágrimas bellas, se había arrojado fuera del bus en marcha.
viernes, noviembre 13, 2009
Por Favor
Ese día se acerca. Se acerca inmisericorde. Ese día en que el amor se tomó un descanso y tú, my love, también.
Por favor, regresa un rato. Vuelve con mi sueño, con mis ganas de dormir, que las pastillas ya no hacen efecto. Regresa y dame un beso de buenas noches, un beso de despedida. Es todo lo que necesito. Ven con tus ojos de atardecer, con tu sonrisa de medianoche. Ven y ríete de mí un rato. Hazme reír y pregúntame algo. Haz que el sueño regrese y así dormir contigo, descansar contigo.
Visita a tu mami, visítala en sueños. Haz que se despierte con una sonrisa, no importa si le dura un segundo o tal vez menos, pero haz que sonría. Dile que estás bien mientras sueñe contigo, y dile que la extrañas mucho. Haz que reniegue, a ella le gusta, creo que es su deporte. Dile que se cuide mucho, que se arregle un poco, que se ponga guapa. Que no la quieres ver con la mirada triste.
Por favor, vamos a ver Wall-e, vamos a verlo tres veces seguidas o las veces que quieras, hasta que te dé sueño y te den ganas de dormir sobre mi barriga. Vamos a tomar agua San Luís, porque es la única que nos gusta. Vamos a pegar las figuritas de tu álbum, que te he comprado muchas. Ven y devuélveme el sueño, que quiero dormir para soñar contigo y, así, verte hacer todo lo que te he pedido. Pero, sobretodo, tan sólo verte un ratito.
Por favor, regresa un rato. Vuelve con mi sueño, con mis ganas de dormir, que las pastillas ya no hacen efecto. Regresa y dame un beso de buenas noches, un beso de despedida. Es todo lo que necesito. Ven con tus ojos de atardecer, con tu sonrisa de medianoche. Ven y ríete de mí un rato. Hazme reír y pregúntame algo. Haz que el sueño regrese y así dormir contigo, descansar contigo.
Visita a tu mami, visítala en sueños. Haz que se despierte con una sonrisa, no importa si le dura un segundo o tal vez menos, pero haz que sonría. Dile que estás bien mientras sueñe contigo, y dile que la extrañas mucho. Haz que reniegue, a ella le gusta, creo que es su deporte. Dile que se cuide mucho, que se arregle un poco, que se ponga guapa. Que no la quieres ver con la mirada triste.
Por favor, vamos a ver Wall-e, vamos a verlo tres veces seguidas o las veces que quieras, hasta que te dé sueño y te den ganas de dormir sobre mi barriga. Vamos a tomar agua San Luís, porque es la única que nos gusta. Vamos a pegar las figuritas de tu álbum, que te he comprado muchas. Ven y devuélveme el sueño, que quiero dormir para soñar contigo y, así, verte hacer todo lo que te he pedido. Pero, sobretodo, tan sólo verte un ratito.
sábado, octubre 17, 2009
Por siempre Zambo

“El día que yo muera quiero que me entierren donde entierran a los hombres de esta tierra.”
El “Zambo” se nos fue. Se nos fue a todos los peruanos que alguna vez escuchamos esa voz melancólica, tan llena de emoción, de amor por el país que lo vio nacer, por el país que lo llegó a amar.
El “Zambo” se nos fue. Se nos fue a todos los peruanos que alguna vez escuchamos esa voz melancólica, tan llena de emoción, de amor por el país que lo vio nacer, por el país que lo llegó a amar.
Arturo Cavero Velásquez nació en Lima el 29 de Noviembre de 1940, en la Avenida Abancay, en pleno centro de la capital. Esta suerte de originarse en la cuna del criollismo demarcó su destino de convertirse en el jaranero bandera de la música del cajón y guitarra. Su voz tan particular con esa manera de interpretar las canciones tradicionales es lo que queda perenne en el recuerdo de todo aquel que lo escuchó.
Fue esa misma emotividad para cantar lo que lo llevó al corazón de todos. La suavidad y dulzura con la que entonaba cada estrofa del “Contigo Perú”, “Mueve tu cucú”, “Nuestro secreto” y demás, podían transportar a cualquiera al más profundo sentimentalismo. El 3 de Junio de 1987 fueron estos atributos los que llevaron al “Zambo” a ser condecorado por la OEA en honor a sus méritos musicales.
Pero nunca estuvo solo. Su entrañable amigo, su chochera, su pataza del alma, el maestro Óscar Avilés, siempre lo acompañó, desde sus más coloridas composiciones y presentaciones, hasta su doloroso final producto de la obesidad mórbida que lo tuvo a mal traer en sus últimos años. La primera guitarra del Perú estuvo a su lado para regalarnos esas melodías, patrimonio de nuestra cultura criolla y nacional.
Puro sentimiento, el “Zambo” no está más, pero nos deja ese legado de patriotismo -que tanta falta nos hace- y sobretodo la humildad con la que un hombre debe llevar su vida. Nunca hubo quejas respecto a él, nunca un escándalo, nunca un entredicho. Sólo loas para el hombre que inmortalizó el concepto de peruanidad.
Bajo esa premisa, de enorgullecerse de lo nuestro, es donde se basó su producción. Junto a varias figuras de la palestra criolla, Arturo Cavero compuso y nos deleitó con ese ritmo, que se reconoce tan sabroso, tan emotivo, tan peruano, tan particularmente “zambo”. Con su voz hizo abrazar a un pueblo multicultural, quebrado desde su fundación. Hizo fundirnos a los nacidos en esta tierra con sus valses, sus festejos, en un solo aplauso que acompañará por siempre el son que perfeccionó por nosotros y sólo para nosotros.
Hasta siempre, Zambo lindo. Gracias por nacer peruano y cantarnos a todos.
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