sábado, noviembre 19, 2011

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Enanita:

Después de mucho que te escribo. Las cosas se han tornado dificultosas de cierto modo, aunque no valga la escusa. De cierto modo es una manera de decir, ya sabes, me gusta usar expresiones trilladas y ambiguas. He perdido grandes motivaciones y he ganado otras que aún no sé si sean lo suficiente como para suplir las extraviadas. Hace tres años tenía un modestito trabajo en una chingana, entendía perfecto el inglés de los clientes, me alegraba el espíritu regularmente y te esperaba los domingos para enseñarte que la vida está llena de tipos gruñones y maniáticos como yo. Hoy no puedo decir lo mismo. Tengo serios aprietos en el bolsillo, cotidianamente odio mi universidad, ya no trabajo todos los días y los domingos, la verdad, me apestan desde el viernes.



Hace tres años era un hombre diametralmente más feliz del que soy ahora. Tenía tus engreimientos, besos, desplantes, diminutas sonrisas, tu cabello lacio, tus ojos café. Han sido años deambulando por ahí: digo por ahí porque no sé si he estado aquí, por allá o más allá. Hoy soy el tipo gruñón que conocías por las mañanas después de mis fiestas, cuando hacía mucho sol, cuando había mucha bulla, cuando alguien botaba la basura al piso, cuando pasaban varias de esas cosas. Tú sabes, soy experto en odiar todo lo habitual. Sin embargo habituarme a ti no fue motivo de refunfuño. Fue todo lo contrario. Fue cargarte y mendigarte besos con el gusto de la duda. Y perderte la costumbre fue lo opuesto. Cuando ya había hecho las paces con mis miedos juveniles, cuando me di cuenta que tú me dabas más libertad que cualquier grito al aire, cuando aprendí a prometerte sin faltar a mi palabra fue cuando tuve que desacostumbrarme a ti.



Hoy caigo en la cuenta que han pasado tres años sin amor. Quiero pensar que el muy cabrón se tomó un descanso. He aprendido en este tiempo que soy un poco escéptico con ese tipo de cosas. Quiero decir, puede que extrañe esos conceptos tan bien publicitados como el amor puro, la amistad, el sacrificio y otras palabras que ya se me hacen raras y olvidables. Quiero pensar que el muy canalla se tomó un descanso porque todo el mundo me dice que esas cosas existen y que muy probablemente me las esté perdiendo. Quiero pensar que soy el tipo excéntrico que aún se niega a palpitar sentimientos y huevadas por el estilo –por favor, no prestes atención a las groserías-. He alcanzado niveles prometedores de inmadurez el tiempo que no has estado aquí. Lo sé porque mi madre se ha encargado de repetírmelo desde que no hablo con la tuya. Supongo que es eso. No lo sé.



Sigo desordenado como mi habitación. Sigo bailando ska cuando el departamento está soltero. Totta sigue esperando que crezcas, no tengo idea de por qué lo sé. Sigo esperando que dejen en paz tus cenizas y que las suelten al viento, o las suelten básicamente. Sigo creyendo que sacaste mis ojos y que tu madre está loca –hoy en día peor que nunca-. Sigo hablando con tu foto antes de salir a algún lado.



Ahora, también, soy el tipo liado y absurdo que usa palabras extrañas para dirigirse a una niña pequeña. Que habla en voz alta al vacío y que ya no bebe para olvidar las penas porque hay penas que poco se olvidan. Es una carta lúgubre, lo sé –sé también que no tienes sospecha alguna lo que eso significa-, pero no tengo idea como alegrarme en este día, ni menos escribirte algo menos cursi. Hoy sé que el pendejo mundo sigue girando, a pesar que uno ya no quiera hace tiempo, y que hay que seguir vivo porque aún no se le enseña de la vida a nadie. Qué cojudés.



Descansa, nena. Descansa y olvida pronto esta carta taciturna. Es un desahogo. Es el amor que se tomó un descanso.

martes, septiembre 13, 2011

Tu soledad y la paz

El departamento es helado y blanco por todos los rincones. Es nuevo, me lo repetiste todo el camino de ida. Pensaba dejarte acostada, las copas se te habían pasado hace mucho durante la noche. Pero no pude, provocaste en mí eso que siempre supiste lograr desde nuestra primera madrugada, allá, en un enero viejo y borroso. Es una pena que el vino haya avivado nuestros contados momentos felices. Es una pena porque nuestra infelicidad junta fue lo que terminó pesando sobre todo. Son casi tres años, querida. Tanto tiempo pasó hasta que decidí calmar mi mal humor y reírme contigo.


Me recordaste mi soledad, y la tuya. Una soledad sostenida, bien nutrida. Debe ser lo único en lo que aún coincidimos. Con un reflejo familiar nos sorprende el espejo del armario. Nuestros cuerpos no han cambiado mucho. Quizá hemos subido y bajado kilos, un par de cicatrices nuevas por ahí y yo que me hice más tatuajes. Pero es una foto vieja la que vemos impávidos desde el fondo de la sala.


Nunca tuvimos mucho preámbulo. Se me hace tan extraño que aún mantengamos esa dinámica. Tan extraño como estar en tu cama, hayarme consciente de no ser el primero ahí y que no me moleste en lo absoluto.


Lo siento. No podía amanecer contigo. Hubiera sido una invasión a tu soledad y una transgresión a la mía. No estoy muy seguro de lo que eso signifique, pero no me lo hubiera perdonado. Lo que no lamento es haberte vomitado mi resentimiento, añejado por desengaños más recientes. No lo lamento porque estoy seguro que no te importa. Y de paso me dejo de ahorrar esa amargura. Por eso cuando me despedí no volví a mirarte. Porque me despedía de una vieja tribulación. Visitaba el territorio de una guerra perdida. Pasaron casi tres años, querida, y por fin pudimos firmar la paz.

lunes, mayo 23, 2011

Edad lejana

Si aún recuerdas
la promesa aquella
de aprender a querernos
nuevamente
a una edad lejana
te comento que
todavía estoy dispuesto

Dije 40
para ser maduros
y estar seguros
Y tú 30
para seguir alegres
y tener hijos
sin problemas

Mejor 35
para el equilibrio
A tu figura me remito
Dios la guarde
así tenga mis dudas sobre él
pero no de ti:
espero sigas dispuesta

viernes, mayo 13, 2011

Abril

Alma pela camotes mientras me sonríe. Casi no me escucha, lo sé, sus reacciones son calculadas y previsibles y me da la razón en todo. Soy un parlanchín confeso y ella es muy cortés. Cuando me callo –por fin- es su turno. Yo la escucho atento. Su voz bella y juvenil, de cocinera novata me despierta el interés dormido desde el verano. Es huérfana de madre, la perdió hace bastante ya y el acechante Día de la Madre no es mayor problema. Falleció en abril, pasada una semana de su propio cumpleaños, una semana antes de que Alma cumpla diez.

Abril pasó lento para ella, este año en especial. Durmió poco pero soñó mucho. Su madre, tal cual la recordaba, le preparaba el almuerzo apenas cerraba los ojos, ella podía oler y paladear cada esencia que salía de las ollas. A mediodía, con las ojeras que le ganaban al maquillaje, comía lo que había soñado, salía al mercado apenas las seis, compraba lo necesario y continuaba la receta materna. Ocho años después parecía que sí la extrañaba. Que se hizo cocinera como ella no por puro gusto sino a manera de homenaje. Que en abril todos los almuerzos que preparó fueron literalmente comidas de ensueño.

Abril se me pasó lento también, le cuento. Tengo la soledad ocupada de universidades y trabajo. Hace tres meses mi novia me dejó abandonado en Lima. Tomó un vuelo de regreso a su vida real, lejos de la pequeña luna de miel que hicimos en nuestra habitación. No la lloré, las suspiré y quizás lagrimeé un poco. Un mes después la dejé yo a través del teléfono, nunca he creído en eso de las relaciones a distancia. Al hacerlo tenía un furibundo nudo en la garganta –supongo que ella también lo tenía- que nos dejó tres minutos exactos oyéndonos la respiración. El silencio de palabras más triste del mundo.

Alma vive sola desde los quince, en una pensión dirigida por monjas a cargo de la iglesia local. Su padre, casado y con nueva familia la llama y mima cada vez que puede, ocasiones que por ahora son pocas, según me cuenta. Alma le da una probada a su salsa que nunca supe cuando empezó a preparar. Está deliciosa, como su voz, como su sonrisa.

domingo, febrero 13, 2011

Estar Solo

Un mes después despertar

sin aroma ajeno

ni jugo por las mañanas

Ni un amor apurado

antes del desayuno


Encontrarse en el cuarto

el cuarto solo

Con las fotos suspendidas

el polvo y el desorden

El closet a la mano


Los orgasmos contenidos

miles de ellos

con dedicatoria pendiente

sin besos mediadores

La diestra justiciera


La falta de reproches

La atlántica distancia

Las promesas quebradizas

Dos minutos de llamadas

Plaza y media para uno


La soledad tiene

seis horas de diferencia

hacer el amor más seguido

como deuda

Un Te Amo en alemán