Hace varios días, un profesor tuvo la excelentísima idea de preguntarme cómo me veía de aquí a diez años. En un arranque de proyección personal resolví que lo más posible es que me encuentre divorciado, con dinero, pero completamente solo. Interesado, el profesor me pidió redactarlo.
He aquí el pitoniso resultado.

Nací en Lima el 2 de febrero de 1988. Crecí con mi familia materna a partir de los ocho años que regresé de Santiago con nacionalidad y pasaporte nuevos. Mi padre es de Viña del Mar (Chile), mi madre es pucallpeña y mi hermana chorrillana. Siempre me imagine como padre, mas no casado, menos comprometido. Esa debe ser la razón de mi soltería.
Al comenzar mi carrera profesional en el 2013, conocí en una fiesta a quien sería mi esposa: Anne Marie, una muchacha muy bien contorneada, castaña, de colegio inglés –como su nombre y apellido-, de excelentes buenas costumbres, familia refinada y acaudalada. Fue con ella con quien inicié un idilio turbulento y apresurado el cual nos llevó al altar a menos de cuatro meses de conocernos. Fue así que, sacando cuentas, mi amada quedó embarazada durante la fastuosa luna de miel que mi suegro –tan buena gente- nos regaló.
Cuando Michael llegó al mundo, Anne Marie y yo no cabíamos en nuestros cuerpos de felicidad. Cuando Michael cumplió su primer año, no cabíamos en la misma casa. Las peleas eran cosa de todos los días y el apasionado amor que nos prometimos se ahogaba en un mar de gritos. La situación se tornó insostenible y los reclamos eran la especialidad de todos los días. Desde mi apellido nada británico, hasta los partidos que veía por televisión. Y ni la “excusa” de ganarme la vida hablando de fútbol servía. Mi esposa había enloquecido y yo trataba de mantenerme cuerdo fumando porros en el balcón. La vida sexual se esfumó por completo, en consecuencia, mi brazo derecho era ostensiblemente más grande que el izquierdo. Ella, antropóloga, calificaba mi obsesa práctica onanista como una involución –ojalá el bebe no herede lo pajero, dijo una vez. Ojalá herede la plata de tu viejo, respondí-.
Mi matrimonio se deterioró con cada día transcurrido. Llegó el punto que, una vez que mi programa recibía llamadas del público ávido de fútbol, una histérica Anne Marie empezó a gritarme improperios al aire –en vivo y en directo-. La razón: había encontrado fotos en la computadora donde me dejaba abrazar por una alta, blonda y ondulada jovencita. ¿Quién era esa rubia? Mi hermana. Con una sonrisa mandé a comerciales mientras mi productor quería matarme de la manera más horrible en este mundo.
Debo admitir que la vida conmigo es difícil, ni yo mismo me soporto, a diario debe ser un horror. Mi insomnio, mis ataques de ansiedad y mi hipocondría –sin mencionar la gastritis-, hicieron que Anne Marie me agarre un asco especial, no de aquellos que te hacen sentir un mal olor; si no más bien de esos ascos que te provocan arcadas, te sacan lágrimas y te dan muchas, muchísimas ganas de suicidarte. Todas esas tardes y noches de café y sonrisas se fueron al tacho cuando empezamos a vivir juntos en esa casa de La Molina de la que siempre me quejaba.
Hoy vivo solo en un apartamento frente al malecón. La última vez que vi a Anne Marie fue cuando se marchaba de la casa, con todas sus cosas, cargando a Michael, mientras me enseñaba el dedo medio sin voltear a mirar. La última vez que supe de ella fue cuando me llegó una carta notarial solicitando mi firma para finiquitar el divorcio. Veo a mi hijo los fines de semana que me visita con mi madre, ya que Anne Marie se lo deja los viernes por la tarde, después del colegio.
Menos mal que no vivíamos en Estados Unidos, querida. De haber sido así, nos casábamos en Las Vegas y no hubiéramos tenido fotos tan lindas de la recepción.