viernes, noviembre 13, 2009

Por Favor

Ese día se acerca. Se acerca inmisericorde. Ese día en que el amor se tomó un descanso y tú, my love, también.

Por favor, regresa un rato. Vuelve con mi sueño, con mis ganas de dormir, que las pastillas ya no hacen efecto. Regresa y dame un beso de buenas noches, un beso de despedida. Es todo lo que necesito. Ven con tus ojos de atardecer, con tu sonrisa de medianoche. Ven y ríete de mí un rato. Hazme reír y pregúntame algo. Haz que el sueño regrese y así dormir contigo, descansar contigo.

Visita a tu mami, visítala en sueños. Haz que se despierte con una sonrisa, no importa si le dura un segundo o tal vez menos, pero haz que sonría. Dile que estás bien mientras sueñe contigo, y dile que la extrañas mucho. Haz que reniegue, a ella le gusta, creo que es su deporte. Dile que se cuide mucho, que se arregle un poco, que se ponga guapa. Que no la quieres ver con la mirada triste.

Por favor, vamos a ver Wall-e, vamos a verlo tres veces seguidas o las veces que quieras, hasta que te dé sueño y te den ganas de dormir sobre mi barriga. Vamos a tomar agua San Luís, porque es la única que nos gusta. Vamos a pegar las figuritas de tu álbum, que te he comprado muchas. Ven y devuélveme el sueño, que quiero dormir para soñar contigo y, así, verte hacer todo lo que te he pedido. Pero, sobretodo, tan sólo verte un ratito.

sábado, octubre 17, 2009

Por siempre Zambo


“El día que yo muera quiero que me entierren donde entierran a los hombres de esta tierra.”

El “Zambo” se nos fue. Se nos fue a todos los peruanos que alguna vez escuchamos esa voz melancólica, tan llena de emoción, de amor por el país que lo vio nacer, por el país que lo llegó a amar.



Arturo Cavero Velásquez nació en Lima el 29 de Noviembre de 1940, en la Avenida Abancay, en pleno centro de la capital. Esta suerte de originarse en la cuna del criollismo demarcó su destino de convertirse en el jaranero bandera de la música del cajón y guitarra. Su voz tan particular con esa manera de interpretar las canciones tradicionales es lo que queda perenne en el recuerdo de todo aquel que lo escuchó.

Fue esa misma emotividad para cantar lo que lo llevó al corazón de todos. La suavidad y dulzura con la que entonaba cada estrofa del “Contigo Perú”, “Mueve tu cucú”, “Nuestro secreto” y demás, podían transportar a cualquiera al más profundo sentimentalismo. El 3 de Junio de 1987 fueron estos atributos los que llevaron al “Zambo” a ser condecorado por la OEA en honor a sus méritos musicales.

Pero nunca estuvo solo. Su entrañable amigo, su chochera, su pataza del alma, el maestro Óscar Avilés, siempre lo acompañó, desde sus más coloridas composiciones y presentaciones, hasta su doloroso final producto de la obesidad mórbida que lo tuvo a mal traer en sus últimos años. La primera guitarra del Perú estuvo a su lado para regalarnos esas melodías, patrimonio de nuestra cultura criolla y nacional.

Puro sentimiento, el “Zambo” no está más, pero nos deja ese legado de patriotismo -que tanta falta nos hace- y sobretodo la humildad con la que un hombre debe llevar su vida. Nunca hubo quejas respecto a él, nunca un escándalo, nunca un entredicho. Sólo loas para el hombre que inmortalizó el concepto de peruanidad.

Bajo esa premisa, de enorgullecerse de lo nuestro, es donde se basó su producción. Junto a varias figuras de la palestra criolla, Arturo Cavero compuso y nos deleitó con ese ritmo, que se reconoce tan sabroso, tan emotivo, tan peruano, tan particularmente “zambo”. Con su voz hizo abrazar a un pueblo multicultural, quebrado desde su fundación. Hizo fundirnos a los nacidos en esta tierra con sus valses, sus festejos, en un solo aplauso que acompañará por siempre el son que perfeccionó por nosotros y sólo para nosotros.

Hasta siempre, Zambo lindo. Gracias por nacer peruano y cantarnos a todos.

martes, septiembre 22, 2009

(Auto)Biografía del Divorcio

Hace varios días, un profesor tuvo la excelentísima idea de preguntarme cómo me veía de aquí a diez años. En un arranque de proyección personal resolví que lo más posible es que me encuentre divorciado, con dinero, pero completamente solo. Interesado, el profesor me pidió redactarlo.
He aquí el pitoniso resultado.



Nací en Lima el 2 de febrero de 1988. Crecí con mi familia materna a partir de los ocho años que regresé de Santiago con nacionalidad y pasaporte nuevos. Mi padre es de Viña del Mar (Chile), mi madre es pucallpeña y mi hermana chorrillana. Siempre me imagine como padre, mas no casado, menos comprometido. Esa debe ser la razón de mi soltería.

Al comenzar mi carrera profesional en el 2013, conocí en una fiesta a quien sería mi esposa: Anne Marie, una muchacha muy bien contorneada, castaña, de colegio inglés –como su nombre y apellido-, de excelentes buenas costumbres, familia refinada y acaudalada. Fue con ella con quien inicié un idilio turbulento y apresurado el cual nos llevó al altar a menos de cuatro meses de conocernos. Fue así que, sacando cuentas, mi amada quedó embarazada durante la fastuosa luna de miel que mi suegro –tan buena gente- nos regaló.

Cuando Michael llegó al mundo, Anne Marie y yo no cabíamos en nuestros cuerpos de felicidad. Cuando Michael cumplió su primer año, no cabíamos en la misma casa. Las peleas eran cosa de todos los días y el apasionado amor que nos prometimos se ahogaba en un mar de gritos. La situación se tornó insostenible y los reclamos eran la especialidad de todos los días. Desde mi apellido nada británico, hasta los partidos que veía por televisión. Y ni la “excusa” de ganarme la vida hablando de fútbol servía. Mi esposa había enloquecido y yo trataba de mantenerme cuerdo fumando porros en el balcón. La vida sexual se esfumó por completo, en consecuencia, mi brazo derecho era ostensiblemente más grande que el izquierdo. Ella, antropóloga, calificaba mi obsesa práctica onanista como una involución –ojalá el bebe no herede lo pajero, dijo una vez. Ojalá herede la plata de tu viejo, respondí-.

Mi matrimonio se deterioró con cada día transcurrido. Llegó el punto que, una vez que mi programa recibía llamadas del público ávido de fútbol, una histérica Anne Marie empezó a gritarme improperios al aire –en vivo y en directo-. La razón: había encontrado fotos en la computadora donde me dejaba abrazar por una alta, blonda y ondulada jovencita. ¿Quién era esa rubia? Mi hermana. Con una sonrisa mandé a comerciales mientras mi productor quería matarme de la manera más horrible en este mundo.

Debo admitir que la vida conmigo es difícil, ni yo mismo me soporto, a diario debe ser un horror. Mi insomnio, mis ataques de ansiedad y mi hipocondría –sin mencionar la gastritis-, hicieron que Anne Marie me agarre un asco especial, no de aquellos que te hacen sentir un mal olor; si no más bien de esos ascos que te provocan arcadas, te sacan lágrimas y te dan muchas, muchísimas ganas de suicidarte. Todas esas tardes y noches de café y sonrisas se fueron al tacho cuando empezamos a vivir juntos en esa casa de La Molina de la que siempre me quejaba.

Hoy vivo solo en un apartamento frente al malecón. La última vez que vi a Anne Marie fue cuando se marchaba de la casa, con todas sus cosas, cargando a Michael, mientras me enseñaba el dedo medio sin voltear a mirar. La última vez que supe de ella fue cuando me llegó una carta notarial solicitando mi firma para finiquitar el divorcio. Veo a mi hijo los fines de semana que me visita con mi madre, ya que Anne Marie se lo deja los viernes por la tarde, después del colegio.

Menos mal que no vivíamos en Estados Unidos, querida. De haber sido así, nos casábamos en Las Vegas y no hubiéramos tenido fotos tan lindas de la recepción.

domingo, septiembre 06, 2009

Escribir con Flojera


Flojera. Según la real academia se trata de debilidad o cansancio, pereza, negligencia o descuido. Con esta última me quedo, “descuido”. Con esta palabra se resume todo. La flojera es mi novia fiel y tenemos un hijo con ese nombre.

Todas las mañanas despierto y ahí está, conmigo en la cama, abrazándome. Pide que me quede con ella a dormir un ratito más. Le hago caso, siempre obedezco, soy suyo y ella es mía. Mi flojera forever and ever. Me acompaña a la ducha y me acurruca con el agua caliente –hasta en verano-, me acicala con paciencia, con ternura. Me viste con amor, escoge mi ropa –o sea, cualquier prenda que por ahí asome-, me da un guiño cómplice, siempre estoy perfecto para ella.

La gran tragedia de ser flojo no es que dejes de hacer cosas o que las hagas con desgano, si no más bien, se trata de la cantidad de recomendaciones que te da la gente. Que tienes que hacer esto y el otro, que necesitas disciplina, que necesitas organización. Como quieran, desde que recuerdo soy así, un pusilánime. Nunca tuve esa sensación de que a la vida hay que sacarle el jugo, porque la vida te da lo que se le pegue la reputada gana, porque la vida también es una floja, como yo, como tú, como todos los que se encaletan bajo una rutina sistemática.

Y como soy flojo, pues me gusta escribir sobre la vida, sobre lo reputa que puede llegar a ser, sobre lo sobrevaluada que está la floja existencia. La flojera es parte de uno – Como quisiera quedarme todo el día en la cama, profesa cualquiera-, parte del mundo; aceptarla es opcional, vivir con ella es obligatorio. Es por eso que escribo con flojera, porque es la única compañía que permito en mis ratos privados, de monólogos internos y reflexiones salpicadas de amargura.

Escribo con flojera porque no espero nada de mis textos. Mis textos someros e intrascendentes que poco dicen y mucho se extienden. Mis textos que se perderán en el tiempo como una pitada de cigarro en el viento.

Escribo con flojera pues es mi única compañía y el descuido, nuestro hijo. Escribo con flojera esperando que algún pusilánime me lea y piense que todo lo que escribo está bien, que lo piense y que yo nunca me entere. Un pobre diablo que sepa que todo en este mundo está mal, porque al mundo le dio la pendeja gana de ser así. Escribo con flojera porque no hay nada más rico que dormir en este mundo, y si pudiera dormir y escribir al mismo tiempo, eso sería la felicidad perfecta.


Escribo con flojera porque soy flojo, porque nunca tengo ganas de nada, porque nada más tengo que hacer que escribir. Escribir con flojera.

¿Es la flojera uno de los males de la humanidad? No. La humanidad misma lo es.

jueves, agosto 27, 2009

El fin de mis días

Tras una serie de desvaríos existenciales, risueñas tertulias aderezadas con abundante pisco y sorpresivas pérdidas; empecé a planear mi despedida de estas tierras. No se trata de un elaborado proyecto para abandonar mi país o continente –aunque he de realizarlo en algún momento-, si no más bien es la enumeración de las distintas muertes que - si pudiera- escogería, pude tener o imagino. Así es, la muerte nos aguarda a todos, pero yo no le temo.



Debí morir en aquel viaje de hace un par de años, allá a la madre selva que tanto caló en mis raíces. Era la segunda noche de estancia y yo y mis fugaces compañeros de juerga libábamos las alegrías como si nuestra paupérrima existencia dependiera de ello. En algún momento de la jornada me encontraba en el baño enjuagándome la cara y no pude evitar sentirme tentado por el contentísimo humillo que expelían mis camaradas, todos, en una redondela, pegándole jalones al dichoso porro de la bacanería. Habiéndose consumido, no contentos con ellos, algún insatisfecho tomó su tarjeta –Visa, no te huevees- y empezó a convidar su polvo blanco que tan caro le había salido en Lima. Al acabar con el glorioso desmadre de sustancias, dicen, mis pupilas abarcaban todo el globo ocular y casi sin querer, sin bailar, sin sonreír y sin decir palabra alguna, me desvanecí en medio del loquerío que eran mis colegas. A la mañana siguiente, desperté para mi sorpresa con sendas vías en ambas manos en el policlínico local y con una amable doctora al lado de la camilla que me dijo: casi te nos vas dos veces.

Nunca conocí a mi bisabuelo Luciano, pero dicen de él que se trató de un hombre alto como yo y mujeriego a más no poder. Dicen mis tías y abuela que de ser un acaudalado terrateniente en la selva de mis ancestros, su colección de queridas le pasó factura y terminó sumido en la más honda miseria, sin embargo, su periplo por el mundo acabaría con una envidiable muerte. Falleció mientras dormía. Esta historia familiar siempre me produjo profunda admiración y al mismo tiempo me deja recordar aquella madrugada en la que confundido, agotado y consternado me encontraba excediendo mi dosis de somníferos. Una tras otra pepita acabé con la mitad del frasco lo cual me sumió en inerte sueño del cual sólo mi madre me rescató horas después. Iba a morir en medio de sueños, como el bisabuelo Luciano, o incluso como el fabuloso Truman Capote, atiborrado de calmantes en mi habitación. Pero no sería legendario como ambos.

Si en algún momento me sentí morir sin que mi corazón se detenga un instante, fue aquel miércoles de noviembre en el que no quise ir a trabajar y me detuve en el bar cercano a mi casa por una cerveza. Ese mismo miércoles en el que comprendí que la vida es un tránsito y sólo hay que descifrarla para pasar al siguiente nivel. Ese mismo miércoles de noviembre en el que Micaela se despidió de todos pues esta vida no le era suficiente y tenía que adelantársenos.

Quizá debí morir en ese sueño incompleto que tuve en el verano. Me soñé agonizante en una cama de hospital, con Isabel al lado y ella con una enorme barriga gestante prometiéndome que se llamaría como yo, sin lágrimas en los ojos, sólo esperando mi muerte antes de que despierte en mi habitación.

Pero si mi fatal destino fuera un asunto de elección, elegiría sin dudar la muerte que me vaticinó mi adorada y extrañada Melissa. Morirás en un apartamento en Londres, morirás fumando ese último cigarro que ahogará tus pulmones. Morirás tratando de escribir la novela perfecta. No hay nada que hacer, esa sería una muerte de lo más elegante.