domingo, septiembre 28, 2008

Vino Blanco


La otra noche hacía un frío atroz por mi casa, y digo por mi casa porque Lima es tan grande y caprichosa que mientras llueve en un lado, al otro extremo hay un bochorno que aturde. Dando vueltas por el departamento, buscando que comer, encontré en la refrigeradora una botella de vino blanco, la cepa Italia y la cosecha sin especificar, busqué un descorchador sin éxito, entonces dejé la botella sobre el bar del comedor. Di un par de vueltas más sin descubrir que era lo que me tenía tan ansioso, pues las ganas de comer me la producía la ansiedad, al igual que mis uñas destrozadas y la gastada piedra de mi encendedor, resolví entonces dormir un par de horas.

Al despertar me dirigí al comedor nuevamente, la botella seguía ahí, la tomé para revisar la etiqueta buscando la cosecha y caí en la cuenta de que continuaba fría, tan fría como a la hora de hallarla, me extraño ese suceso, también el hecho de que nadie la haya vuelto a guardar, decidí beber el vino y nuevamente me encontré buscando un descorchador que no existe en mi casa. Miré el reloj colgado de la pared, era tarde, tan tarde como para no encontrar en sus casas a ninguno de mis amigos que, como buenos jóvenes, habían salido a buscar mujeres y gastar su dinero en cerveza.

Ya bordeando la medianoche, volvía al departamento con un descorchador y dos amigas, irremediablemente había salido a buscarlas para tomar ese vino puesto que en mi familia siempre se ha dicho que beber solo es de alcohólicos, y yo no soy un alcohólico, sólo me gusta el alcohol en grandes cantidades y casi todos los días. Alessandra y Stephanía aceptaron con entusiasmo mi tardía pero gentil invitación telefónica y tuve que recogerlas en sus respectivas casas.

Con risas dábamos la bienvenida a la madrugada, media botella ya estaba vacía -¿o medio llena?-, las muchachas, tan conversadoras y vivarachas ellas, comentaban sobre sus respectivas parejas y las anécdotas que compartían dejándome sin nada que decir pues es bien sabido que no tengo novia hace mucho, se hizo un silencio prolongado y Alessandra pregunto: ¿Y qué sabes de Raquel? Pensé mi respuesta debido a que la había ido a visitar días antes, no lo hacía desde que tomé la decisión de alejarme de ella para no seguir torturándome y, de paso, torturándola con el mezquino amor que le ofrecía. Ya tiene novio, les dije y sin más, acabé mi copa.

Pero hay alguien, les comente. Por lo menos eso creo, les dije mientras jugaba distraídamente con mi copa, la mirada inquisidora de Stephanía aumentaba mis dudas con respecto al tema y me daba señales de que ella tampoco estaba tan segura. Tienes que tratarla bien, me dijo de golpe, es que ella me conoce, sabe que soy muy descuidado y poco romántico. Serví las últimas copas, pensé en ella, pensé en las posibilidades y sorbiendo el vino me repetí: tienes que tratarla bien.

El viento helado arreciaba, me despedía de cada una de las chicas en la puerta de sus casas y encendía un cigarrillo para soportar el frío, aunque sé muy bien que el humo baja la presión sanguínea y por ende la temperatura del cuerpo disminuye más aún. De vuelta en el departamento, mi mascota ladraba desesperada por salir al parque a hacer que se yo, accedí aunque tenía un sueño brutal, de esos que parecen desmayos. Mientras la perra daba brincos y correteaba por el césped yo pensaba en Raquel y su nuevo novio, y gracias a todos los astros, al universo en general, sólo me tomó tres cigarrillos saber que ya no me importaba. Me di cuenta entonces el porque no estaba seguro de tener pareja, simplemente hay a quien tienes que dejar ir para continuar con tu existencia.

Y bueno, asumo que será cuestión de tiempo, volveré a enamorarme, estoy casi seguro de que encontré a una chica dulce, amable, divertida y bella a la cual, en caso me de chance, irremediablemente le romperé el corazón, puesto que soy un idiota que no sabe tratar a las mujeres. Espero no terminar en mi lecho de muerte sin estar casado, divorciado o por lo menos viudo, y recién en ese momento, rodeado de decenas de hijos, todos con distinto apellido materno, preguntarme si realmente tuve una vida feliz.

miércoles, septiembre 17, 2008

Cuestionario

"Esto se llama cuestionario no tradicional"
En la larga vida como literato, escritor, poeta, casi periodista de Mario Benedetti, le han hecho sin dudas un millar de entrevistas con preguntas políticamente correctas. El siguiente cuestionario consta de algunas interrogantes poco ortodoxas que el uruguayo hubiera gustado de responder.
Responde: Ando
¿Qué piensa del frío?
El frío es la excusa perfecta para acomodarse en la cama con una buena taza de café, leer un poco y divagar sin complicaciones.
¿Cuál es su odio más amado?
Suelo odiar la desidia de las demás personas, pero no puedo evitar regodearme en la mía.
¿Padece de insomnio en la siesta?
Pues mis siestas suelen ser tan reponedoras que más bien provocan mi constante noctambulismo. Las noches están mejor dispuestas para el humo de cigarrillo, la lectura solitaria y el sosiego del desvelo.
¿Es usted soltero, casado, divorciado, viudo, homosexual, impotente?
Soy un soltero divorciado de las relaciones de pareja, llevo tanto tiempo solo que me han llevado a pensar que me puedo volver homosexual y eso me deja impotente ante el hecho de no poder entablar algún vínculo amoroso con ninguna de las mujeres que se me cruzan en el camino.
¿Cuál es su dolor preferido?
Mi dolor predilecto debe ser la sensación de tener el corazón roto, pues como dice líneas arriba, no puedo tener pareja, pero si me puedo enamorar hasta los huesos. Por lo mismo, el ser tan enamoradizo me deja con la duda si en verdad me gusta estar con el corazón roto.
¿Por qué razón o razones no se ha suicidado?
La pregunta implica que hay más de un motivo para hacerlo, pero la verdad aún no encuentro alguno que me quite la cobardía de probar los dulces labios de la muerte, es que antes he estado cerca, sin querer quizá, pero no me atreví a besarla.
¿Considera que la demencia puede ser un factor de alienación?
Hay veces que desearía ser declarado clínicamente loco, es que es pues la mejor respuesta ante tanto infausto pensamiento que prolifera en mi psique, si me puedo alienar con ello, sería mejor que escucharme hablar ingles cuando estoy borracho.
¿Ha codiciado alguna vez a la mujer de su prójimo? ¿Y que tal?
Bueno, técnicamente su mujer no era, pero digamos que de alguna forma había separado espacio en su vida para ella. Fue quizás el más grosso error en la historia de mi amistad con este tan querido prójimo, pero vaya que sí disfruté los besos fugitivos y las salidas a escondidas, pero bueno, mientras el sentido de culpa me carcomía, la susodicha me iba abandonando, y nuevamente algo se resquebrajaba en mi pecho.
Y por último…
¿Quién cree que no es, de donde no viene, a donde no va?
Creo que no soy buen amante, definitivamente no vengo de algún hotel en este momento, y no voy a seguir a las masas que se absorben en un mar de cojudes y mediocridad.

domingo, septiembre 07, 2008

El momento en que me di cuenta...

... fue cuando me buscaste para dormir.

Me di cuenta de que te amaba cuando miraste mis ojos y te diste cuenta que eran igual a los tuyos. Abriste mis párpados y dijiste: tus ojos son marrones. Yo respondí: así es. Tú sonreíste y abriste tus párpados acercándote a mí. Mis ojos también, y te dejaste abrazar.

Me percaté de que te amaba en el momento que, sin pensarlo, me diste un tierno beso y me dijiste que no me vaya. Estábamos viendo la película que había comprado y querías terminar de verla conmigo, te movías cual gusano en el sofá, levantaste mi brazo y te acurrucaste bajo él, te quiero abrazar me dijiste, y fui la persona más feliz del mundo.

Lo noté cuando me tomabas el pelo hablando por teléfono. Escuchaba tu vocecita, contándome sobre tu colegio, sobre tus tíos cuando jugaban contigo, sobre el hamster que torturas cuando lo sacas de su jaula; tú parloteabas sin cesar, y cuando yo intentaba conversarte sólo decías: bla bla bla bla bla, me reí hasta el día siguiente con esa ocurrencia.

Me di cuenta cuando, llamándome por mi nombre, cual persona de mi edad, me dijiste que ya no te diera besos pues mi barba picaba. Mi dejadez por la apariencia terminó ese mismo día, porque al llegar a mi casa lo primero que hice fue afeitarme y echarme loción. Cuando dijiste que mi cabello olía raro corrí a lavarmelo, cuando notaste que mi aliento estaba fresco te dejaste besar.

Caí en la cuenta, en el momento que casi sin querer, medio dormida, te alejaste de tu mamá y me buscaste. Me habías obviado toda la noche, revoloteando entre piernas y humo de cigarrillos, husmeando en las conversaciones, quitandome los lentes, huyendo sin zapatos, y cuando por fin te cansaste, cuando estabas por dormir, de los brazos de tu madre te acomodaste en los mios y soñaste tranquilamente.

Me di cuenta de que te amaba cuando, casi sin percatarme, dejé de añorar a tu madre, pero seguía extrañandote. La noche estaba avanzada y el alcohol hacía efecto, y antes de dormir, después de ver a ambas, lo único que hice fue pensar en ti.