domingo, octubre 26, 2008

Isabel y las pastillas





He llegado a la conclusión que la vida conmigo debe ser bastante austera. Es decir, nunca estoy en mi casa, aún vivo con mis padres y hermana, siempre tengo algún lugar a donde ir, amigos que visitar, lugares donde esconderme de todos, inclusive de mí. No ayudo en los quehaceres de la casa, no asumo responsabilidades adultas y siempre que doy mi opinión en algún tema que medianamente me atañe, siempre lo hago con sarcasmo.

Los últimos meses ha sido más marcada esta actitud, he estado más ausente todavía. El problema empezó una noche que, comiendo hamburguesas con Isabel y la bebe, llegamos a un tema de conversación que nunca había meditado, el problema de ser adulto, de ser padre, de ser responsable y preocupado. Nunca te ha sucedido – me pregunta Isabel-, qué las preocupaciones se te vienen a la cabeza justo cuando tratas de dormir. No medité mi respuesta, sólo le dije estúpidamente, No, yo tengo tele en mi cuarto.

De vuelta en mi habitación, después de haberlas dejado en su casa – la bebe se durmió en mis brazos-, tomé un libro de literatura soviética que me había enganchado por sus entretenidos cuentos, lástima que el que leí esa noche fuera tan aburrido como me parece el ajedrez, con los ojos pesados entré a mi cama, con un bostezo daba la bienvenida a Morfeo. Hice un breve repaso del día, un día feliz sin dudas, con la bebe e Isabel siempre lo es. Sonriente me disponía a desconectarme cuando recordé la pregunta de las hamburguesas, antes de que me diera cuenta, las preocupaciones, los asuntos pendientes, la responsabilidad de la que siempre huyo tanto me carcomían el cerebro, picoteaban como pollos sobre maíz. La consecuencia, no pegué los ojos en toda la noche, es más, no dormí los cinco días siguientes tampoco.

Ser conciente de todo lo que tengo que hacer, ser y lograr me produjo un stress brutal, inclusive el recuerdo constante de mi inconstancia me impedía conciliar el sueño. Decidí tomar al toro por los cuernos, al pato por el pico, a la chola por la pollera y recurrí a mi fiel farmacéutico. Por las ojeras enormes no necesitó mayor explicación, con una sonrisita me anotaba las dosis diarias y la cantidad de miligramos por ingesta. Claro que no podía dármelo así como así, pero un extra en el precio de las pastillas solucionó el inconveniente.

Tras veinte horas seguidas de sueño, ininterrumpidos por lo sedado que me encontraba, me pareció hallar la solución a todos los problemas del mundo, claro, resucité con más sueño y más cansado que antes, pero incomprensiblemente era feliz, como una lombriz, como una mariposa en primavera. Coincidentemente, la columna de Bayly también daba detalle sobre su vida con las pastillas, esas pepitas mágicas que recién descubría y que arreglaban la vida de cualquiera.

Contando casi el segundo mes de inalterable ánimo, mi floja boca dejó escapar los pormenores de mi nueva relación con los químicos, lo cual llegó a los oídos de Isabel, siempre tan atenta. La verdad, el par de sedantes que tomaba en un principio se habían convertido en incontables dosis diarias provocando profundas depresiones en mi psique, se convertían en necesidad, en prioridad.

Ella, Isabel, tan tosca en su trato, pero de buenas intenciones, me recriminó de mil formas posibles el uso y abuso de las drogas que consumía religiosamente. Quieres acabar como el maricón de Bayly, me preguntó súbitamente, a lo cual no supe responder, pues no sabía si en realidad quería terminar así, tan loco y desencajado como el entrevistador. Quiero que la bebe te tenga un tiempo más, dijo, con lo cual disipó todas mis dudas y prometí dejarlas ese mismo día.

Saqué el frasco de su escondite, tenía suficientes pastillas para desmayar a todos los caballos de Pizarro, y una a una, las fui tirando al escusado, iba contando los días extras de vida cada vez que las escuchaba entrar al agua. Y pensar que sólo me bastó una frase para entender lo que me estaba haciendo, es que Isabel me hizo recordar que la bebe se podía quedar sin mí y yo sin ella, me hizo recordar que la tranquilidad no se encuentra en un envase con pastillas, sino en las pequeñas cosas que nos arrancan sonrisas. Debe ser por eso que aún la quiero tanto.

viernes, octubre 24, 2008

Plato de Segunda Mesa


Caminando rumbo a la universidad comentábamos con mi amigo Lucho sobre el concurso de la Miss Villarreal que acontecía esa tarde. La compañera que representaba a nuestra facultad sería una de las chicas más codiciadas del medio por cuestiones anatómicas, pero en aspectos intelectuales era un tema hasta risiblemente debatible. Le comentaba que esta muchacha sería el reemplazo de la verdadera escogida que había declinado su candidatura. Ser plato de segunda mesa, dice mi amigo, que feo. Concordé con esa sentencia, pero al voltear, detrás nuestro se encontraba Cinthya y Bryan conversando, animados también por el suceso. La miré por un par de segundos y sonreí por la ironía.

Cinthya es una buena amiga, de las pocas que he hecho en la universidad, es bella, alegre, divertida, muy ocurrente, pero lo mejor del kit es que besa muy bien. He tenido el placer de comprobarlo durante casi todo el ciclo anterior y todo lo que va del actual. Incluso llegó un momento, debo admitir, que confundí nuestras travesuras con posibilidades de algo más. La ironía se encuentra en que mi amiga, horas antes, me había comentado, muy suelta de huesos, que tiene pareja. Tengo enamorado, me dijo sonriente después de dejarse besuquear.

Mi madre siempre me ha recordado – o concientizado -, que mi autoestima es bastante baja, por eso suelo admitir sin reclamos relaciones o tratos de los que poco salga ganando, pero en este caso, no tengo dudas de que realmente me conviene. Al margen de posibles sensaciones, características de mi naturaleza enamoradiza, las circunstancias parecen perfectas, es decir, no hay chance, ni un atisbo de compromiso, simplemente se tratará de un falso amor, libre de ataduras. Lo mejor en todo sentido, es que conservaré a una buena cómplice sin necesidad de dar explicación alguna acerca de mi comportamiento o demás. Que las complicaciones se las deje a su enamorado, a mí me queda la mejor parte, su boca y su risa.

jueves, octubre 09, 2008

De mi recuerdo al tuyo


A propósito de una llamada telefónica, una muy triste y poco bienvenida llamada, se me ocurrió hacer una remembranza –una más- de aquella época tan cercana, de asuntos pueriles, en la que me vi obligado a crecer de golpe por hacer cosas no de muy niño. A propósito también de una inesperada noticia al respecto que azotó mi ambiente social.

El día 8 de marzo del año 2004, aquel año donde salía del colegio, aquel año de ardorosos amores y estupendas borracheras. Ese día, fuera de la costumbre visitaba a mi chica a pedido expreso, la notaba rara por teléfono, extraña también era la visita de lunes. Al cruzar la puerta, con una pequeña frase me cambió la vida.

Alessandra se comunicó conmigo hace unos días, No le cuentes a nadie por favor, fueron sus palabras, entiendo que es su mejor amiga y sabe que necesita ayuda, por eso me lo contó, pero lamento no poder cumplir mi promesa de mantenerlo en secreto, me afectó mucho la verdad. Y es que, por más hijo perdido que un hombre tenga, los hijos ganados por alguna mujer son mucho más relevantes. Entendí entonces porque hace varias noches, Stephanía, mi segunda invitada, no pasó de la copa de vino ni fumó cigarrillo alguno.

Son sólo dos frases, dos pequeños conjuntos de palabras, los que recordaré con media sonrisa, irónica o apesumbrada. La última, Me voy con tus malos recuerdos, no son malos querida, definitivamente no lo son, ahora que no te he visto en mucho tiempo porque por fin me pude zafar de ti, miro hacia atrás y me doy cuenta de que sólo uno fue malo. La primera, Vamos a ser papás, esa frase querida, sin dudas es mi mejor recuerdo.

Entender la mente de cualquier persona que esté pasando por semejante complicación, como le sucede a Stephanía, debe ser un arduo trabajo. Por eso mismo, entiendo su negación ante los hechos, y porque simplemente se niega a darme detalle al respecto, no es una obligación en definitiva, pero me molesta no poder ayudarla, aunque entiendo también, que todo esto esta fuera de mis manos.

El peor de mis recuerdos, el que dice llevarse, sucedió una semana después del 8 de marzo, cuando guiados por el sentido común, la cobardía, las nauseas de ella, despedimos antes de tiempo a ese pequeño ser, que no tenía la culpa de nada, ni de tener padres tan jóvenes y estúpidos –siendo yo el de menos edad-, ni ser indefenso y minúsculo, tanto como para sufrir ese abuso, ser privado de abrir los ojos.

Nadie soy como para influir en las decisiones de Stephanía, intento ser su amigo de vez en cuando, eso es todo, pero muy a mi pesar, me temo lo peor. La carga que podría llevar por el resto de su vida es incalculable y perenne. Espero entonces, que al lugar donde vaya mi antigua compañera, pueda por fin descansar del peor de mis recuerdos, que asumo, con mis dudas, es el suyo también; sabe de antemano que nadie estaba preparado para la llegada de ese retoño, inmerecido castigo hubiera sido para él encontrarse en un lugar donde nada le podíamos ofrecer.

Estoy seguro que habitará siempre en nuestras almas, de tu corazón al mío, de tus lágrimas a mi pesar, de tu sonrisa a mi alegría y de mi recuerdo al tuyo.