domingo, noviembre 09, 2008

Londres en bicicleta


Micaela está enferma, es más, nació enferma. Su corazón, como me enteré hace poco, es un maquinilla disfuncional que necesita ser cambiada, pero que está llena de amor, del amor que le trato de dar, del amor que le da Isabel todos los días, con su brutal trajín y sacrificio, del amor que le dan sus abuelos, padres de Isabel, del de su tía, del de sus primos, del amor que le dan todos en su casa.

Pasó el fin de semana internada, acompañada por Isabel, debido una complicación sanguínea, estuvo vomitando sangre, a chorros según me contaron, su medicamento diario actuó en contra esta vez. Después de horas de angustia, desesperación y volátiles augurios por el desenlace, la hemorragia se pudo contener, algún doctor trajo una inyección que terminó con el tormento. Y mientras pasaba todo esto, yo regresaba del trabajo, totalmente cansado, sin conocimiento de lo que sucedía, No te quería angustiar, me dijo Isabel, al día siguiente cuando me relataba detalle a detalle lo ocurrido, No iba a servir de nada asustarte a esas alturas, se excusó, pero igual sentía pánico de sólo imaginarme esas escenas.

La verdad, no creo que hubiera sido así, tal vez pude servir de algo, como hoy, hoy que estuve con Micaela durante una cortísima hora, en la que ayudé a limpiarla, a abrazarla, a cuidarla mientras veíamos algún dibujito en esa sala de hospital, mientras me quitaba las gafas y me dejaba totalmente invidente, mientras me contaba que quería un hermanito y que se había mordido la lengua y por eso corrió la sangre, mientras me tosía un coágulo en la ropa y yo le pedía que no me tosiera, porque me iba a enfermar, y ella quería que me enferme para quedarnos juntos, en esa sala de aura triste, con su madre cansada, la residente renegona y los otros niños también enfermos.

Fue durante ese espacio de tiempo que vimos en el televisor a un personaje de caricatura que mudaba sus aventuras a Londres, mi ciudad soñada, ahí, en ese clima tan húmedo, de calles al revés y de gente bonita. La pantalla nos mostró unos buses rojos de dos pisos y le prometí a la bebe algún día pasear en uno de esos, caminar por esas calles al revés o mejor aún, recorrerlas en bicicleta, porque ella podría manejarla cuando estemos por allá y si quiere, yo la seguiría a pie o a manos, ella decide. La llevaría a los mejores doctores para que la curen, me despediría de ellos con el ingles que mal uso, ella se burlaría de mí, porque eso es lo más le gusta hacer, por mi pésima articulación, tomaríamos la bicicleta y regresaríamos a casa. Todo eso, hasta que llegó Isabel y nos hizo despedirnos, Ya es tarde, nos dijo.

Camino a casa divagaba adormilado, me imaginé una lluvia londinense y la sonrisa de la bebe, totalmente sana, lista para salir a pasear, y yo maltrecho porque sus doctores me habían sacado hasta el último centavo que aún no tengo y tuve que vender un riñón, o un pulmón, lo que sea, con tal de comprarle una bicicleta rosa, con la que recorrerá esas calles al revés.