jueves, diciembre 31, 2009

Recuento

Enero: Comencé el año sumergido en una piscina, arrojado post-abrazo de algarabía. Dos días antes, amigos que tenían una casa en San Bartolo me arrastraron a pasar la fiesta con ellos. Un día antes, Isabel llegaba intempestiva y borrachamente. Se fue por la tarde, horas antes de la medianoche.

Febrero: Celebré mi ciudadanía mundial con los amigos de siempre. Para variar, Isabel y yo discutimos. Raquel llegó a saludar. Me puse notoriamente nervioso –creo que rompí dos vasos-. Esa noche, a modo de broma – o tal vez no- le dije a ésta última que aún la amaba mientras nos despedíamos fugazmente, entre risitas cómplices.

Marzo: Decidí terminar con Isabel. Me había dado cuenta de que me caía realmente mal. También me enfermé del hígado. Bebí un mes sin parar al darme cuenta de que realmente la extrañaba.

Abril: Regresé a la universidad. Todos se dieron cuenta de que estaba gordo, sucio, descuidado, más idiota de lo usual. Hice nuevos amigos, sobretodo amigas. Me empecé a divertir como nunca. Me enamoré de todas y cada una de ellas. Ellas lograron que sobreviva a mi depresión.

Mayo: Empecé a dudar de lo que estudio. Decidí que sería un medio de financiamiento y no de realización. Micaela debió cumplir cinco años. Isabel decidió cantarle happy birthday tras la ceremonia, en plena iglesia. La odié por eso.

Junio: Me rapé los costados de la cabeza. Me hice la cresta que tanto quería. Adelgacé. En alguna ocasión, una chica me sonrío coquetamente. Le agradecí en silencio.

Julio: Apareció Melissa, con toda su vida, con toda su turbulencia, con todo su inglés. Apareció con mi alegría noctámbula y nómada, con la gripe porcina, con las vacaciones de medio año.

Agosto: Melissa seguía aquí pero pronto se iría. Le dije que la quería. Era cierto, era la primera vez que era tan cierto. Me devolvió el alma. Me dejó bien claro que por ahí, por algún lugar, había una chica que estaría conmigo, con todos mis defectos y mis personalidades, estaría conmigo.

Septiembre: Grabé mi primer protagónico. Un corto adaptado de “Ojos de perro azul” de García Márquez. Fui feliz los tres días de grabación. No cobré un peso, un céntimo, ni una fucking luca.

Octubre: Acepté grabar un corto al otro lado de la ciudad. Cobré como grande y trabajé como esclavo. No importaba, la directora, la maquilladora y la dueña de casa tenían el trasero enorme.

Noviembre: Grabé mi corto propio, como protagonista y co-director, co-productor, co-guionista. En fin, de una producción de cinco personas, sólo trabajamos Esteban y yo. Raquel accedió a actuar conmigo. La amé por eso.

Diciembre: Me concentré más en las grabaciones que en los estudios –al final de cuentas, eran los primeros los que me ayudaban a pagar las deudas-. Resultado: me retiré de dos cursos y jalé otros dos. Una guapa muchacha decidió engañar a su novio conmigo, cometí el error de traerla a mi casa. Salí a bailar con Raquel un día después de navidad. Estaba bella como sólo ella lo sabe estar.

Feliz Año nuevo a todos. Los que me leen, los que no, los que me leerán. A Mica, a mis padres, a mi hermana, a mis amigos que son casi mis hermanos. Con los que trabajo, con los que estudio (“…”)

lunes, noviembre 30, 2009

The tears of the sunglasses




El sol refulgía impiadoso en las alturas cuando el bus avanzaba. La muchacha, casi una mujer, revisaba su cartera en busca del celular, estaba retrasada para llegar a su siguiente destino, estaba sofocada por el calor, por culpa del sol inmisericorde, estaba agotada de tanto ir y venir por una ciudad que no le ofrece nada lindo a la vista. En esta ciudad no hay nada que ver, todo es gris, todo es opaco, todo está cubierto por polvo o por basura arrojada desde los mismos buses que ella aborda todos los días y a toda hora. Cada día de su vida se concentra en ello, en ir y venir por esta ciudad que le parece mugrosa, por culpa de tener la responsabilidad de ser mujer aún siendo una muchacha, por tener que trabajar yendo y viniendo.

El bus iba apresurado y ella conversaba por celular o enviaba mensajes de texto. Su madre enferma se quedaba sola en casa mientras ella salía a trabajar, una señora que la última vez que vio sonreír a su hija fue cuando, meses atrás, le entregaban la tarjeta que la acreditaba como ciudadana adulta, pero que en el fondo seguía siendo una muchacha. La muchacha casi mujer que siempre estaba pendiente de su madre. A toda hora quería saber si se sentía bien, si deseaba que le llevase algo, hasta lo más mínimo.

La muchacha miraba por la ventana después de conversar con su enferma madre por décima vez en el día, tras su décimo viaje en bus, cuando alguien se sentó a su lado. Se trataba de un muchacho alto y, al parecer, casi de su edad. Llevaba puestas unas gruesas gafas de sol que le cubrían la mitad del rostro e iba vestido exclusivamente de negro. Cargaba una infinidad de paquetes, de todos los tamaños, de todos los colores. Paquetes que parecían de mucho valor pues el muchacho no los soltaba por nada del mundo, los cargaba todos y cada uno con el mismo cuidado con el que se toma a un recién nacido.

Tenía la voz apagada, algo le dolía, algo lo consumía. Ella logró oírlo cuando hablaba por celular. Parecía que la alegría en él se había ido de vacaciones, o tal vez para siempre. Su sonrisa se había largado y él nada podía hacer nada al respecto, sólo le quedaba cargar sus paquetes con sumo cuidado. Mientras ella lo revisaba de reojo, él mantenía la vista fija, como si estuviera meditando, recordando quizá, con la cara volteada a ella, con los dientes apretados y los paquetes abrazados, recordando quizá que su sonrisa no volvería.

Fue cuando la muchacha casi mujer sintió una profunda pena y, por primera vez en todo el tiempo que su madre se encontraba enferma, se preocupó por alguien más. Era toda la tristeza de este mundo lo que ese muchacho de las gafas de sol sentía, era toda la rabia de sentirse traicionado, era toda la pesadumbre del desamor, era la amargura de querer y no poder, la impotencia. Ese muchacho de las gafas de sol era todas esas sensaciones juntas y la muchacha casi mujer se invadía de ellas.

Y la mirada se mantenía fija, el muchacho no desviaba sus ojos ni su expresión, inmutable y callado se mantenía firme ante su cruel destino de ser quien era en ese instante, de ser toda la tristeza de esta ciudad. Fue en ese momento que su primera lágrima cayó, se dejó correr por el rostro, el trató de camuflarla, trató de secarla antes de que ella la viera. Pero fue en vano. Ella la vio y deseó en ese momento, con todas sus fuerzas, que se saque las gafas por un segundo para ver a sus ojos, para leerlos y que compartan su desazón. Pero el nunca los dejó ver. Lo único que se permitió fue llorar en silencio. Le permitió a ella ser testigo de su pena, que vea que en esta ciudad, en la que el sol refulgura inclemente sobre las calles sucias, el desamor puede ser glorioso si se traduce en lágrimas lacónicas.

Ella perdió su paradero por ver la belleza y la tristeza conjugadas, una sola, todo ella en una molécula de agua que caía a través de unas gafas de sol. Y cuando menos lo pensó, cuando más quería esa angustia cerca de ella, el muchacho decidió cargar sus paquetes, decidió que debía llevarse todo su dolor a otro lado, que a ella no le correspondía tener a la desdicha al costado. Él decidió que esa pena era suya y de nadie más, que a ella la dejaría, un día más, sin las esquirlas del abandono. Decidió que la dejaría ver, aparte de sus lágrimas, lo que esa suma de sensaciones provoca en el ser.

El bus se encontraba en movimiento en plena vía rápida, a toda su velocidad. El conductor sentía que debía huir de algo. Sentía una ola que se aproximaba, una marejada que era únicamente la tristeza de las gafas de sol, que apuntaban hacia él. Casi como un reflejo, aceleraba, pisaba a fondo y el vehículo rugía por el esfuerzo. Fue en ese momento en el que nunca estuvo tan cerca de la miseria. Ante el estupor de la muchacha casi mujer y del chofer, los dos únicos que habían notado el aura herida que habitaba el coche, el muchacho de las gafas de sol abrió la compuerta de salida. El estruendo de la pista, de la máxima velocidad se coló e hizo dar cuenta a todos los pasajeros. Las gafas de sol dejaron caer un par más de lágrimas, el muchacho agradeció la preocupación de ella, que se notaba en sus ojos, le dio las gracias con una sonrisa.

Esa sola sonrisa que al segundo siguiente no existiría nunca más. El muchacho de las gafas de sol, de la pena inconmensurable, de las lágrimas bellas, se había arrojado fuera del bus en marcha.

viernes, noviembre 13, 2009

Por Favor

Ese día se acerca. Se acerca inmisericorde. Ese día en que el amor se tomó un descanso y tú, my love, también.

Por favor, regresa un rato. Vuelve con mi sueño, con mis ganas de dormir, que las pastillas ya no hacen efecto. Regresa y dame un beso de buenas noches, un beso de despedida. Es todo lo que necesito. Ven con tus ojos de atardecer, con tu sonrisa de medianoche. Ven y ríete de mí un rato. Hazme reír y pregúntame algo. Haz que el sueño regrese y así dormir contigo, descansar contigo.

Visita a tu mami, visítala en sueños. Haz que se despierte con una sonrisa, no importa si le dura un segundo o tal vez menos, pero haz que sonría. Dile que estás bien mientras sueñe contigo, y dile que la extrañas mucho. Haz que reniegue, a ella le gusta, creo que es su deporte. Dile que se cuide mucho, que se arregle un poco, que se ponga guapa. Que no la quieres ver con la mirada triste.

Por favor, vamos a ver Wall-e, vamos a verlo tres veces seguidas o las veces que quieras, hasta que te dé sueño y te den ganas de dormir sobre mi barriga. Vamos a tomar agua San Luís, porque es la única que nos gusta. Vamos a pegar las figuritas de tu álbum, que te he comprado muchas. Ven y devuélveme el sueño, que quiero dormir para soñar contigo y, así, verte hacer todo lo que te he pedido. Pero, sobretodo, tan sólo verte un ratito.

sábado, octubre 17, 2009

Por siempre Zambo


“El día que yo muera quiero que me entierren donde entierran a los hombres de esta tierra.”

El “Zambo” se nos fue. Se nos fue a todos los peruanos que alguna vez escuchamos esa voz melancólica, tan llena de emoción, de amor por el país que lo vio nacer, por el país que lo llegó a amar.



Arturo Cavero Velásquez nació en Lima el 29 de Noviembre de 1940, en la Avenida Abancay, en pleno centro de la capital. Esta suerte de originarse en la cuna del criollismo demarcó su destino de convertirse en el jaranero bandera de la música del cajón y guitarra. Su voz tan particular con esa manera de interpretar las canciones tradicionales es lo que queda perenne en el recuerdo de todo aquel que lo escuchó.

Fue esa misma emotividad para cantar lo que lo llevó al corazón de todos. La suavidad y dulzura con la que entonaba cada estrofa del “Contigo Perú”, “Mueve tu cucú”, “Nuestro secreto” y demás, podían transportar a cualquiera al más profundo sentimentalismo. El 3 de Junio de 1987 fueron estos atributos los que llevaron al “Zambo” a ser condecorado por la OEA en honor a sus méritos musicales.

Pero nunca estuvo solo. Su entrañable amigo, su chochera, su pataza del alma, el maestro Óscar Avilés, siempre lo acompañó, desde sus más coloridas composiciones y presentaciones, hasta su doloroso final producto de la obesidad mórbida que lo tuvo a mal traer en sus últimos años. La primera guitarra del Perú estuvo a su lado para regalarnos esas melodías, patrimonio de nuestra cultura criolla y nacional.

Puro sentimiento, el “Zambo” no está más, pero nos deja ese legado de patriotismo -que tanta falta nos hace- y sobretodo la humildad con la que un hombre debe llevar su vida. Nunca hubo quejas respecto a él, nunca un escándalo, nunca un entredicho. Sólo loas para el hombre que inmortalizó el concepto de peruanidad.

Bajo esa premisa, de enorgullecerse de lo nuestro, es donde se basó su producción. Junto a varias figuras de la palestra criolla, Arturo Cavero compuso y nos deleitó con ese ritmo, que se reconoce tan sabroso, tan emotivo, tan peruano, tan particularmente “zambo”. Con su voz hizo abrazar a un pueblo multicultural, quebrado desde su fundación. Hizo fundirnos a los nacidos en esta tierra con sus valses, sus festejos, en un solo aplauso que acompañará por siempre el son que perfeccionó por nosotros y sólo para nosotros.

Hasta siempre, Zambo lindo. Gracias por nacer peruano y cantarnos a todos.

martes, septiembre 22, 2009

(Auto)Biografía del Divorcio

Hace varios días, un profesor tuvo la excelentísima idea de preguntarme cómo me veía de aquí a diez años. En un arranque de proyección personal resolví que lo más posible es que me encuentre divorciado, con dinero, pero completamente solo. Interesado, el profesor me pidió redactarlo.
He aquí el pitoniso resultado.



Nací en Lima el 2 de febrero de 1988. Crecí con mi familia materna a partir de los ocho años que regresé de Santiago con nacionalidad y pasaporte nuevos. Mi padre es de Viña del Mar (Chile), mi madre es pucallpeña y mi hermana chorrillana. Siempre me imagine como padre, mas no casado, menos comprometido. Esa debe ser la razón de mi soltería.

Al comenzar mi carrera profesional en el 2013, conocí en una fiesta a quien sería mi esposa: Anne Marie, una muchacha muy bien contorneada, castaña, de colegio inglés –como su nombre y apellido-, de excelentes buenas costumbres, familia refinada y acaudalada. Fue con ella con quien inicié un idilio turbulento y apresurado el cual nos llevó al altar a menos de cuatro meses de conocernos. Fue así que, sacando cuentas, mi amada quedó embarazada durante la fastuosa luna de miel que mi suegro –tan buena gente- nos regaló.

Cuando Michael llegó al mundo, Anne Marie y yo no cabíamos en nuestros cuerpos de felicidad. Cuando Michael cumplió su primer año, no cabíamos en la misma casa. Las peleas eran cosa de todos los días y el apasionado amor que nos prometimos se ahogaba en un mar de gritos. La situación se tornó insostenible y los reclamos eran la especialidad de todos los días. Desde mi apellido nada británico, hasta los partidos que veía por televisión. Y ni la “excusa” de ganarme la vida hablando de fútbol servía. Mi esposa había enloquecido y yo trataba de mantenerme cuerdo fumando porros en el balcón. La vida sexual se esfumó por completo, en consecuencia, mi brazo derecho era ostensiblemente más grande que el izquierdo. Ella, antropóloga, calificaba mi obsesa práctica onanista como una involución –ojalá el bebe no herede lo pajero, dijo una vez. Ojalá herede la plata de tu viejo, respondí-.

Mi matrimonio se deterioró con cada día transcurrido. Llegó el punto que, una vez que mi programa recibía llamadas del público ávido de fútbol, una histérica Anne Marie empezó a gritarme improperios al aire –en vivo y en directo-. La razón: había encontrado fotos en la computadora donde me dejaba abrazar por una alta, blonda y ondulada jovencita. ¿Quién era esa rubia? Mi hermana. Con una sonrisa mandé a comerciales mientras mi productor quería matarme de la manera más horrible en este mundo.

Debo admitir que la vida conmigo es difícil, ni yo mismo me soporto, a diario debe ser un horror. Mi insomnio, mis ataques de ansiedad y mi hipocondría –sin mencionar la gastritis-, hicieron que Anne Marie me agarre un asco especial, no de aquellos que te hacen sentir un mal olor; si no más bien de esos ascos que te provocan arcadas, te sacan lágrimas y te dan muchas, muchísimas ganas de suicidarte. Todas esas tardes y noches de café y sonrisas se fueron al tacho cuando empezamos a vivir juntos en esa casa de La Molina de la que siempre me quejaba.

Hoy vivo solo en un apartamento frente al malecón. La última vez que vi a Anne Marie fue cuando se marchaba de la casa, con todas sus cosas, cargando a Michael, mientras me enseñaba el dedo medio sin voltear a mirar. La última vez que supe de ella fue cuando me llegó una carta notarial solicitando mi firma para finiquitar el divorcio. Veo a mi hijo los fines de semana que me visita con mi madre, ya que Anne Marie se lo deja los viernes por la tarde, después del colegio.

Menos mal que no vivíamos en Estados Unidos, querida. De haber sido así, nos casábamos en Las Vegas y no hubiéramos tenido fotos tan lindas de la recepción.

domingo, septiembre 06, 2009

Escribir con Flojera


Flojera. Según la real academia se trata de debilidad o cansancio, pereza, negligencia o descuido. Con esta última me quedo, “descuido”. Con esta palabra se resume todo. La flojera es mi novia fiel y tenemos un hijo con ese nombre.

Todas las mañanas despierto y ahí está, conmigo en la cama, abrazándome. Pide que me quede con ella a dormir un ratito más. Le hago caso, siempre obedezco, soy suyo y ella es mía. Mi flojera forever and ever. Me acompaña a la ducha y me acurruca con el agua caliente –hasta en verano-, me acicala con paciencia, con ternura. Me viste con amor, escoge mi ropa –o sea, cualquier prenda que por ahí asome-, me da un guiño cómplice, siempre estoy perfecto para ella.

La gran tragedia de ser flojo no es que dejes de hacer cosas o que las hagas con desgano, si no más bien, se trata de la cantidad de recomendaciones que te da la gente. Que tienes que hacer esto y el otro, que necesitas disciplina, que necesitas organización. Como quieran, desde que recuerdo soy así, un pusilánime. Nunca tuve esa sensación de que a la vida hay que sacarle el jugo, porque la vida te da lo que se le pegue la reputada gana, porque la vida también es una floja, como yo, como tú, como todos los que se encaletan bajo una rutina sistemática.

Y como soy flojo, pues me gusta escribir sobre la vida, sobre lo reputa que puede llegar a ser, sobre lo sobrevaluada que está la floja existencia. La flojera es parte de uno – Como quisiera quedarme todo el día en la cama, profesa cualquiera-, parte del mundo; aceptarla es opcional, vivir con ella es obligatorio. Es por eso que escribo con flojera, porque es la única compañía que permito en mis ratos privados, de monólogos internos y reflexiones salpicadas de amargura.

Escribo con flojera porque no espero nada de mis textos. Mis textos someros e intrascendentes que poco dicen y mucho se extienden. Mis textos que se perderán en el tiempo como una pitada de cigarro en el viento.

Escribo con flojera pues es mi única compañía y el descuido, nuestro hijo. Escribo con flojera esperando que algún pusilánime me lea y piense que todo lo que escribo está bien, que lo piense y que yo nunca me entere. Un pobre diablo que sepa que todo en este mundo está mal, porque al mundo le dio la pendeja gana de ser así. Escribo con flojera porque no hay nada más rico que dormir en este mundo, y si pudiera dormir y escribir al mismo tiempo, eso sería la felicidad perfecta.


Escribo con flojera porque soy flojo, porque nunca tengo ganas de nada, porque nada más tengo que hacer que escribir. Escribir con flojera.

¿Es la flojera uno de los males de la humanidad? No. La humanidad misma lo es.

jueves, agosto 27, 2009

El fin de mis días

Tras una serie de desvaríos existenciales, risueñas tertulias aderezadas con abundante pisco y sorpresivas pérdidas; empecé a planear mi despedida de estas tierras. No se trata de un elaborado proyecto para abandonar mi país o continente –aunque he de realizarlo en algún momento-, si no más bien es la enumeración de las distintas muertes que - si pudiera- escogería, pude tener o imagino. Así es, la muerte nos aguarda a todos, pero yo no le temo.



Debí morir en aquel viaje de hace un par de años, allá a la madre selva que tanto caló en mis raíces. Era la segunda noche de estancia y yo y mis fugaces compañeros de juerga libábamos las alegrías como si nuestra paupérrima existencia dependiera de ello. En algún momento de la jornada me encontraba en el baño enjuagándome la cara y no pude evitar sentirme tentado por el contentísimo humillo que expelían mis camaradas, todos, en una redondela, pegándole jalones al dichoso porro de la bacanería. Habiéndose consumido, no contentos con ellos, algún insatisfecho tomó su tarjeta –Visa, no te huevees- y empezó a convidar su polvo blanco que tan caro le había salido en Lima. Al acabar con el glorioso desmadre de sustancias, dicen, mis pupilas abarcaban todo el globo ocular y casi sin querer, sin bailar, sin sonreír y sin decir palabra alguna, me desvanecí en medio del loquerío que eran mis colegas. A la mañana siguiente, desperté para mi sorpresa con sendas vías en ambas manos en el policlínico local y con una amable doctora al lado de la camilla que me dijo: casi te nos vas dos veces.

Nunca conocí a mi bisabuelo Luciano, pero dicen de él que se trató de un hombre alto como yo y mujeriego a más no poder. Dicen mis tías y abuela que de ser un acaudalado terrateniente en la selva de mis ancestros, su colección de queridas le pasó factura y terminó sumido en la más honda miseria, sin embargo, su periplo por el mundo acabaría con una envidiable muerte. Falleció mientras dormía. Esta historia familiar siempre me produjo profunda admiración y al mismo tiempo me deja recordar aquella madrugada en la que confundido, agotado y consternado me encontraba excediendo mi dosis de somníferos. Una tras otra pepita acabé con la mitad del frasco lo cual me sumió en inerte sueño del cual sólo mi madre me rescató horas después. Iba a morir en medio de sueños, como el bisabuelo Luciano, o incluso como el fabuloso Truman Capote, atiborrado de calmantes en mi habitación. Pero no sería legendario como ambos.

Si en algún momento me sentí morir sin que mi corazón se detenga un instante, fue aquel miércoles de noviembre en el que no quise ir a trabajar y me detuve en el bar cercano a mi casa por una cerveza. Ese mismo miércoles en el que comprendí que la vida es un tránsito y sólo hay que descifrarla para pasar al siguiente nivel. Ese mismo miércoles de noviembre en el que Micaela se despidió de todos pues esta vida no le era suficiente y tenía que adelantársenos.

Quizá debí morir en ese sueño incompleto que tuve en el verano. Me soñé agonizante en una cama de hospital, con Isabel al lado y ella con una enorme barriga gestante prometiéndome que se llamaría como yo, sin lágrimas en los ojos, sólo esperando mi muerte antes de que despierte en mi habitación.

Pero si mi fatal destino fuera un asunto de elección, elegiría sin dudar la muerte que me vaticinó mi adorada y extrañada Melissa. Morirás en un apartamento en Londres, morirás fumando ese último cigarro que ahogará tus pulmones. Morirás tratando de escribir la novela perfecta. No hay nada que hacer, esa sería una muerte de lo más elegante.

sábado, agosto 22, 2009

Quiero

Quiero conversar contigo por messenger
y decirte cosas que te hagan reir
Quiero verte esta tarde, abrazarte
y hacerte renegar, porque he encontrado nuevo hobby
y creo que es ese.
Quiero que sepas que te extraño
y quiero que estés bien, para yo estar bien.

Encontré este mensaje en mi bandeja de enviados. De alguna manera, al leerlo, volví a sentir lo que en ese momento me hacía escribir estos mediocres versos. Espero, en nuestra lejanía, en nuestro mutismo, en esta exagerada soledad; estés bien, querida.

sábado, agosto 15, 2009

Pena


Es una pena que no estés conmigo

en las tardes que se me antoja

un vino, un café o un buen tiro.



Es una pena saberte tan voluble

tan cansada, tan huraña

tan ausente de sonrisas que

yo te hubiera regalado.



Es una pena que no estés conmigo

cuando he dormido bien

he tomado mis pastillas

y no tengo el humor tan negro.



Es una pena verte tan poquito

hablarte casi nada

llamarte casi nunca

y recordarte tan a menudo.



Es una pena que no estés conmigo

cuando escribo por las tardes

y se me ocurren cosas como esta.

miércoles, julio 29, 2009

Ex Proust

Encontré, no por casualidad, este cuestionario con el cual me vi obligado a satisfacer una vez más mi impúdica manía exhibicionista. Es una suerte de entrevista en la que me juro un personaje público y recontra famoso, pero, como es obvio, yo mismo me formulé las preguntas incrementando aún más mis sospechas de esquizofrenia. He aquí el resultado.



Ando López-Rojas es un estudiante de comunicaciones y blogger a medio tiempo. Cree que algún día escribirá algo someramente decente y así podrá satisfacer sus ansias dizque literarias. Por el momento, se rasca afanosamente el higo en la universidad.



1 ¿Cuáles fueron tu peor y mejor trabajo?
Mi peor trabajo fue seguir a unos chicos vestidos de saco y corbata –igual que yo-, que iban sonriendo de puerta en puerta promocionando el ofertón del siglo. El mejor fue conversar con gringos todas las tardes mientras les vendía botellas llenas de pisco, es que brindábamos con las muestras gratis.

2 ¿Cuáles son tu comida favorita y la más desagradable?
El Juane que prepara mi abuela. Las que más detesto son: el mondongo, el olluquito y el puré de alverjas –“amenaza verde”-.

3 ¿Cuánto tiempo al día pasas en Internet?
El tiempo que se me antoje.

4 Sexo, ¿con música o sin música?
El sexo tiene música propia.

5 ¿Qué película tonta ves completa cada vez que la pasan?
“Loser”

6 Si ves que alguien tiene algo en el diente, ¿se lo dices?
Mientras me burlo. Por eso nadie acepta cenar conmigo.

7 Por chat: ¿Le pediste su foto a una chica que no conocías?
A todas.

8 Para informarte: ¿Diario, radio, televisión o Internet?
Internet, después la televisión.

9 Una manía.
Tres: Fumar mucho, comerme las uñas y ver cantidades exageradas de porno en Internet.

10 ¿Qué es lo que más odias?
Que la gente diga “nadies”.

11 Sin googlear: ¿quiénes fueron los fundadores de El Comercio?
Los comerciantes.

12 ¿Cuál es tu personaje favorito de los Simpson?
Homero. Somos igual de idiotas.

13 ¿Cuál fue el último disco pirata que te compraste?
Ni idea, toda mi música es descargada.

14 ¿Qué te gustaría que diga tu epitafio?
“Aspirante a escritor, aspirante a buena persona, se murió por aspirar mucho.”

15 ¿Qué canción te gustaría que suene en los créditos de la película de tu vida?
“I wanna be sedated” The Ramones.

16 ¿Dónde estabas en el terremoto del 15 de agosto?
En la oficina de mi papá. Cuando todo empezó, lo primero que hice fue poner “TEMBLOR” en mi nick del Messenger.

17 El lugar más extraño donde has tenido sexo.
En la parte baja de un camarote. Es que soy enorme y no había espacio para maniobras temerarias.

18 ¿Te ríes cuando ves a alguien tropezarse?
No. Perdió la gracia el día que yo me fui de cara contra el suelo. Salía del círculo militar, donde se celebró el aniversario de mi colegio, con millones de cervezas encima y terminé gateando en medio de una avenida.

19 ¿Afeitada o sin afeitar?
No importa mientras se vea limpia. (Que valga para todas la interpretaciones)

20 Blackberry o iPhone.
Ni celular. Aún tengo un trauma con estos aparatitos.

21 ¿Cada cuánto cambias tu estado en el Facebook?
Cada vez que se me ocurre una frase ingeniosa. Es decir, casi nunca.

22 De las últimas diez películas que viste: ¿Cuántas fueron piratas?
Todas. Excepto “Transformers”, fue en el cine

23 Un lugar en el mundo.
Mi cama.

24 Con Chile ¿todo bien o todo mal?
La representación de Chile que tengo es mi papá, es decir, con Chile, todo bien. Excepto su pisco, es malísimo, alguien debería decirles que tengan un poco de vergüenza y dejen de hacer esa atrocidad.

25 Una marca.
La “Z” del Zorro.

26 Trago favorito.
Pisco, creo que ya había quedado claro. Si es con una chica, vino, es que soy un cliché.

27 ¿Alguna vez robaste? ¿Qué cosa?
Pastelitos Bimbo de la bodega cercana a mi casa. Dinero de la cartera de mi mamá, de la billetera de mi papá y de la alcancía de mi hermana.

28 ¿Qué opinas de la selección peruana?
Me encantaría decir algo memorable, pero sólo se me ocurre la palabra: lástima.

29 Un gran libro.
“El Lobo Estepario” de Hermann Hesse.

30 ¿Alguna solución para el tráfico de Lima?
Que nadie vaya a trabajar, ni a estudiar, que todos aprovechen el invierno y se metan a sus camas a leer y beber café all day long.

31 ¿En cuántas respuestas mentiste?
En todas.

lunes, julio 13, 2009

La misericordia de la migraña


Estaba sumergido en mí. Nunca, nunca jamás, había experimentado tanto pánico en mi austera vida. En mi innoble existencia sólo una vez me había abstraído del mundo de tal forma y fue esa noche selvática de tragos, porros y tiros que, para ser recontra sincero, pensé que me moría.
.
.


Me encontraba con una intensa migraña, en algún salón de la universidad, tratando de atender la clase, esas clases de tardes frías de inviernos limeños, tratando de fijar la vista sobre la pizarra cuando de repente, sin mediar advertencias, mi sentido del oído se empezó a deteriorar. Es decir, no fue todo de golpe, no me quedé sordo en un segundo, pero la voz del profesor iba bajando su volumen, poco a poco, hasta quedar en la opción mute.

La compañera sentada frente a mí volteó para decirme algo que –estoy seguro, algo irrelevante- ni si quiera hice el esfuerzo de captar, simplemente sonreí y asentí con la cabeza.

La migraña cedía pero al mismo tiempo que dejé de oír por completo, el chicle que recién masticaba se volvía insípido, la menta y el dulce se esfumaban mientras mi lengua se relajaba, se desmayaba como si hubiera recibido un dardo con tranquilizante. La migraña se rendía pero no podía oler el perfume de mi compañera. Inclinado hacia adelante tomé con cuidado su cabellera para aspirar su aroma, pero nada. Ya nada sonaba, ni sabía, ni olía. Es más, cuando cogí los cabellos no pude sentirlos, era conciente de que estaban entre mis dedos pero no los sentía, los veía ahí, entre mis dedos, pero éstos no los reconocían.

Fue así que la migraña casi desaparecía, pero faltaba una cosa, algo que naturalmente tenía que irse. Decidí calmarme y continuar sentado. Respiré hondo, profundo. El aire inodoro se clavaba como una daga en mis pulmones, mis pulmones maltrechos y ennegrecidos podían sentir dolor aún, es decir que aún sentía en mi interior, lo de afuera, la cáscara, era inútil ahora y, mientras todo se oscurecía, se volvía sombras, se opacaban y mezclaban todas las siluetas, se convertían en un todo de oscuridad; yo aún sentía para mis adentros.

Estaba yo envuelto en penumbra, sin sentidos, sin nada que me de un atisbo del mundo exterior. Me encontraba con la peor de las compañías, me encontraba conmigo mismo. Estaba con el bastardo ese que me cae tan mal. Tenía que estar –quién sabe cuanto- con alguien que se cree muy chévere, muy culto, muy vivo, muy experimentado, muy todo se cree el muy baboso.

En esa desesperante soledad fui conciente de las batallas en mi interior. Fui conciente de las miles de guerras que hay siempre entre mis “yo” más allegados y mis demonios más alejados. Esa soledad inalterable en la que fui conciente de que el peor enemigo que tengo es el “yo” más visible, el que se muestra al exterior, el que ve, huele, siente, escucha y todo lo demás. Ese “yo” que me decía que la guerra casi acababa, ese “yo” que se presentaba como el más fiero e indómito demonio y se proclamaba ganador.

Fue cuando, siendo conciente de mí como energía pura, como una entidad astral, como sintiéndome flotar, pude distinguir a dos personas iguales que se encontraban paradas frente a frente, unos gemelos antagónicos que iban a terminar sus diferencias en ese momento. El de la izquierda estaba vestido tal cual me recordaba esa tarde fría, con el bluejean y el polo amarillo, el cabello corto y las gafas. Su gemelo, o mi gemelo de la derecha estaba vestido con harapos, con la ropa hecha jirones, con el cabello largo y sucio, con las magulladuras y heridas de una guerra que perdía, con las piernas temblorosas no del miedo sino del cansancio.

Frente a frente, con las miradas clavadas en el otro, con los puños y dientes apretados, era el careo más intenso y brutal del que he sido testigo. Todo estaba a punto de estallar, la última batalla de la guerra perdida se iba a librar, pero entonces, el “yo” de la derecha, el más débil y golpeado, se hincó ante su gemelo de ropas limpias y sonrisa triunfal. Éste, con una navaja en la mano idéntica a la que una vez cargué, se acercó con tranquilidad, con firmeza, a sabiendas que ya todo había acabado y, de un certero, contundente envión, clavó el arma al costado de la cabeza, entre la ceja y la oreja, en el lado izquierdo. No fue un asesinato, estoy seguro, no se trató de un homicidio, sino más bien se trató de un acto de profunda y solemne misericordia, un acto piadoso que cualquier persona con honor hubiese realizado.

Mientras la sangre salía a borbotones, mientras el “yo” magullado y sucio moría irremediablemente, el “yo” astral se alejaba, me sentía catapultado lejos de esa escena, los dejaba a esos dos esperando la muerte de uno. Fui recuperando los sentidos, poco a poco oía el rumor de la clase, olía el perfume de mi compañera, sentía la ropa sobre mi piel, saboreaba la menta del chicle y la luz regresaba a la habitación. En ese momento, habiéndome reestablecido por completo, que podía percibir todos los manjares de la vida con mis sentidos, en ese momento tan sublime, un cuchillazo se introdujo furioso en mi sien izquierda, un impacto seco y limpio. Era la migraña que había vuelto, era la eutanasia disfrazada de migraña.

viernes, junio 05, 2009

El fin de las quejas


Un final esperado, querida. Un desenlace que todos preveían pero que nadie comentaba. Obvio, todos contentos con nuestro regreso, la parejita del verano éramos. Los dos bellos, jóvenes, sin embargo, jodidamente opuestos. Yo alto, tú baja, yo blanco, tú deliciosa negrita, yo rizado, tú lacia, yo fumón, tú abstemia. Tal vez en lo único que coincidimos hasta ahora es que tu dolor es el mío, y viceversa. Un final esperado, querida mía, unidos por la herida que hasta hoy nos arde. Que usamos como excusa tal vez.

Es que era tan esperado este fin, querida. Con nuestros planes que no coincidían, con nuestras metas dispares, con nuestros gustos ajenos a uno del otro. Es que, te explico, yo quiero hijos –varones-, tú sólo quieres niñas. A mí me gusta el frío, me gusta cagarme de frío, a ti te gusta el solcito, la playita, la arenita, irte a Máncora. Vivir en La Molina querías, no jodas pues, hubiera andado todo el puñetero día con gafas de sol para evitar las migrañas. En Barranco, te dije alguna vez, en Miraflores, me corregí. Me miraste sonriente, me besaste y dijiste: en La Molina, ¿ya?

Escribes bonito, me decías. Te apuesto, darlin, que este no te va a gustar tanto. Es que esta es una tardía, cobarde y mediocre misiva de quejas. ¿Recuerdas en año nuevo? Te preguntaba que hacer y nunca respondías. Me largué a San Bartolo entonces, no me gusta la playa pero me mandé a mudar a una casa alquilada con mis amigos que no te caen. ¿Recuerdas que hiciste? Te apareciste a la media noche, en una huasca de padre y señor mío, entraste por la puerta trasera y luego me "tiraste" toda la noche, toditita. ¿Qué hiciste después? Te largaste en la tarde, te embarqué en el pueblo, es que tenías que pasar las fiestas en casa, que tu cumpleaños era mañana y que yo tenía que pasar las doce contigo. No me dejaste chupar ni un poquito, regresé a Lima a la tarde siguiente porque no dejabas de joder con el celular.

Y hablando de celular. ¿Quién te lo sigue pagando, mi vida? ¿El “Gordito” que es tan bueno, que es tu ex y que ahora es tu mejor amiguito? ¿No se supone que yo debía ser tu confidente, que debías confiar en mí como yo en ti? Es que el “Gordito” te entiende pues, él pasó tantas cosas contigo. Es que el “Gordito” tiene más plata que yo, supongo ¿no? Es que él es buenito y no quiere nada a cambio, por eso te regaló un viaje todo pagado a Máncora. Por eso te invitaba a la playita todos los fines de semana, porque tú eres chica full Caballeros, con el rico cevichito y las chelas bien helenas. Por eso te fuiste a tonear un fin de semana con él a las discotecas del sur, los dos solitos, Claro que el cuarto del telo tenía dos camas, obvio. Es que él es tu mejor amigo, tu amix, por eso te regala cositas, no porque sea tu ex.

Hablando de los ex. ¿Recuerdas a Raquel, mi noviecita de cuando tenía quince años? A la que dediqué tantos afiebrados poemas de amor, tantos cuentos de finales felices. Claro que la recuerdas, si fuiste a su cumpleaños. Es que nosotros nos teníamos una confianza del carajo pues, por eso me acompañaste a su casa a saludarla. Por eso te tuve que presentar como mi pareja frente a los "viejos" de la festejada, esos señores que hasta ese momento me creían su yerno soñado –ilusos- y que pendejamente bajaste de su nube con tu sola presencia. Mejor me meabas encima, querida.

¿Recuerdas San Valentín? La pasamos mostro, por supuesto. El karaoke en mi casa, con mi familia que te aceptaba, que te agarraba cariño. Mis primas que chismeaban contigo, mis tías que te invitaban coctelitos, mi madre que te sonreía, mis tíos y mi padre admirando tu enorme, portentoso, bien formado, digno de dioses, suculento trasero. Todo era felicidad. Claro, hasta que la cagué, obvio, tonto yo. Es que me fui a comprar cigarros con mi compadre. La tía de la bodega se demoró como media hora dándole el vuelto a mi amigo que no me di cuenta que te había dejado sola, abandonada en la cueva de los lobos, expuesta a la intemperie. Claro, como estabas algo tomada, obvio que te pusiste a pensar que me fui a otro lado, ¡si es lo lógico!, que me fui a saludar por el día del amor a Raquelita, a Lupita, a Clotilde y a Maria Pía, todas las nueras favoritas de mi madre. Lógico. Por eso al regresar me hiciste "el" escándalo, que te había abandonado para irme a ver “esas”, que muy pendejo yo pensé que nadie se daría cuenta. Por supuesto, la excusa de los cigarros era burda e inverosímil, que no tenía testigos- ¿y mi compadre?- y que me vaya a la mierda. Feliz día para ti también, bomboncito.

Es que siempre tuvimos este problema de los celos. ¿Te diste cuenta? No sólo era el “Gordito” tan buena gente y Raquel. No sólo ellos. Estaba también mi amiguita de la universidad, mi ex que vive en Estados Unidos y con la que no hablo hace años, claro, estaba también mi prima, la señora que me saluda en la calle, la chica que atiende en la farmacia, mi vecina a la que le sonrío para saludarla. Perdóname, muñequita, es que soy un celoso, estoy enfermo y necesito ayuda. Perdóname por si quiera imaginarme que tu “Gordito” sigue calando en tu corazón. Yo entiendo que sus cenas a la luz de velas son una cosa enteramente amical. Yo entiendo que te haya sembrado tantas dudas por conocer a varias mujeres. Perdóname, mi reina.

Ahora entiendo, querida, que este final no se trata de nuestras diferencias. No se trata de que a mí me guste el frío y quiera un departamento frente al malecón. Que quiera hijos varones, que jueguen fútbol o rugby y de grandes se tiren a todas sus amiguitas. Que sea celoso, inseguro y misio. Que estés buenota y nadie crea que pueda con un lomo como tú. No se trata de Raquel o de tu “Gordito” entre nosotros. No se trata de que Micaela ya no esté más y que nos duela como la gran puta extrañarla tanto. Este final no se trata de que nos hayamos amado mucho o poco. Se trata de que no lo hicimos en lo absoluto.

lunes, mayo 18, 2009

"Mica"

Ayer fue su cumpleaños. Debió cumplir 5. En todo caso, los cumplió. Esta es, en una suerte de homenaje, la perspectiva tras la partida.
Ella tenía la sonrisa perfecta. De esas sonrisas difíciles de arrancar, que te cuestan porque no confiaba en nadie, pero que a la postre, haciéndome el imbécil, pude hacerme de muchas. Tenía los ojos siempre bien abiertos, porque era una curiosa. En esos ojos que alguna vez me vi reflejado, que pegó a los míos para sentenciar que son del mismo color. El mismo color y punto, señor. Tenía el cabello castaño y la piel canela, suficientes razones para decir que no era hija de su madre, pero bastaba con verlas juntas un segundo para decir que eran igualitas, las misma foto en negativo.

Siempre me llamó por mi nombre. Escuchar el Andy los domingos con su vocecita pícara me arreglaban la semana entera. Se hacía cargar cada que nos veíamos, su corazón la cansaba con suma facilidad y por eso trepaba a mi contundente anatomía en cuanto tenía oportunidad. Su madre me comentó que hace un tiempo le dijo: Acaba tu comida para que crezcas y seas grande como Andy. A lo que ella respondió con un llanto ahogado, resentido, y dijo: Yo no quiero crecer tanto mami, él es muy grande.

A ella le gustaba la cumbia, el reggaetón, la chicha, en fin, esa música “tonera” que jamás soportaré. La bailaba con alegría, con furia, con pasión, porque ella sabía bailar muy bien, como su madre, y sin necesidad de llegar al metro de estatura. Es que ella se gestó en una discoteca, con los parlantes a todo volumen y las canciones que se bailan “apretadito”. Se quedaba hasta tarde en todas las reuniones, trasnochadora desde antes de nacer, colándose entre las piernas de cualquiera, pidiendo sorbitos de vino y, a veces, esperando a que me tropiece por borracho, que me caiga, me haga daño y me sienta como un imbécil. Y yo encantado de que eso ocurra, porque se cagaba de risa de verme en el suelo, adolorido. Encantado de verla reír.

Creía en Dios, en la Virgen y en su hijo. Decía que quería conocer a Jesús, que quería jugar con él. Desde mi agnóstico punto de vista nunca le presté mucha atención, sólo atinaba a hacerme el desentendido cada vez que menciona a Cristo, nuestro salvador, y lo señalaba como un tío buena gente.

Y siempre fue muy curiosa, cuestionaba todo sin tregua, todo debía ser explicado. Fui el encargado de disipar las dudas muchas tardes. Las tardes de los eternos por qué. Traté siempre de dar las respuestas políticamente correctas, lo juro, hasta que una de esas me agarró, no era ese: ¿Por qué el cielo es azul? O ¿Por qué los pájaros vuelan? Tan fáciles de responder en comparación. Me miró fijo a los ojos -que eran del mismo color de los suyos-, y dijo: ¿Por qué no te casas con mi mamá? Me quedé huevón. ¿Cómo explicarle a una criatura que su madre está loca y por eso no vivimos juntos? Sólo atiné a decirle que ya habrá tiempo para eso. Y de tanto responderle esas curiosidades me quedó una duda. Si tuviera la oportunidad de preguntarle sólo una cosita, esta sería al mismísimo estilo del buen Clapton. Le diría: ¿Tomarías mi mano si te encuentro en el cielo? Espero que sí, my love. Es lo único que espero.

martes, mayo 05, 2009

Quisiera ser tu héroe


Debo admitir que siempre me han importado poco las vicisitudes de los viajes en transporte urbano, sobre todo los periplos en combi, no los soporto, soy tan grande que nunca quepo ni relativamente cómodo, por eso trato de olvidar pronto todo lo que a ello respecta, pero esto si merece la pena ser contado.



Eran casi las siete de la noche y me encontraba en uno de los tantos paraderos de Evitamiento. Aguardaba por el vehículo que me llevaría veloz e inseguro; doblado en cuatro –o en cinco; a casa. Era testigo de la colorida fauna limeña – entre ladrones, comerciantes y transeúntes- cuando, de repente, tras temerarias maniobras evasivas entre la masa de destartalados cochecitos, apareció frente a mí la combi que llevaba mi destino escrito a los costados.

Abordé apresurado, quedaban pocos asientos libres. Una muchacha de olor curioso se sentó a mi lado, al lado también de una ventana que decidió mantener cerrada ahogándome un poco y con el agregado de que era abundante en carnes. Y así, sofocado como estaba, se inició mi regreso al hogar.

En la siguiente parada, ante un cúmulo de autos más grande que el anterior, el chofer volvió a hacer uso de sus inexorables dotes de piloto Formula 1 para colarse y quedar bien posicionado para recibir pasajeros. Así fue, quedamos bien posicionados, pero a merced de tanto ratero que pulula todos los días aprovechando esos atolladeros. Encima, el simpatiquísimo cobrador nos advierte que tengamos cuidado con los choros segundos antes de que se abriera la ventana próxima a mi voluminosa vecina y un enclenque comience a jalar su mochila.

Lo que a continuación ocurriría no lo creería absolutamente nadie que me conozca, sobretodo si es alguien que sepa que soy un pusilánime, un flojo y un cobarde –sí, un maricón-. En primer lugar, me sentí aliviado de que la ventana por fin estuviera abierta y se vayan los olores curiosos, pero al mismo tiempo sentí un deber, un impulso heroico por ayudar a la damisela en aprietos que luchaba por conservar lo suyo –Vamos, me dije, salva a la gorda-. Entonces resolví tomar el brazo del flaquito, que ya casi tenía la mochila, lo atraje hacia dentro y, de un certero puñetazo en la nariz, logré ahuyentarlo.

Nuestro Schumacher particular, tras varios segundos absorto en conocer el desenlace, por fin reaccionó y logró arrancar hacia el tránsito libre, y, ante los reclamos de la gente, no volvió a parar a menos que alguien tuviera que bajar. Obviamente, la muchacha me agradeció por salvar sus cosas, a lo que respondí un Don’t worry, darlin –tan británico yo-, dando pie a una conversación que poco me interesaba pues seguía sofocado con su olor curioso. Fue en ese momento, irremediablemente incómodo, que el Todopoderoso decidió joderme un rato y por los parlantes de la combi empezó a sonar una melosa cancioncita que decía: Si pudiera ser tu héroe, si pudiera ser tu dios…

En serio Diosito, que pendejo eres.

martes, abril 28, 2009

El ojo de la tormenta


Si alguna vez te cruzaste conmigo, te detuviste a mirarme fijamente y sentiste que algo no concuerda, si alguna vez conversamos animadamente –es decir, con cervezas- y me miraste directo a los ojos para decir alguna verdad, y de repente te dieron ganas de preguntarme que me sucedió en el párpado izquierdo, por qué está ligeramente más cerrado que su hermano derecho, he aquí la versión oficial.




Nací a los ocho meses de ser concebido, cuando mis padres cumplían diez meses de casados. Mi madre, una treintañera casada con su primer enamorado, cuenta que hizo un embarazo regular, sin muchas molestias. A la hora de dar a luz, en el momento que asomaba mi cabeza, ella decidió hacer un mal movimiento, respiró mal, pensó que algo iba a salir mal, en fin, algo tuvo que hacer mal en ese momento que el doctor ya me tenía asido de la cara y, sin más, casi regreso al vientre materno, donde, tengo la certeza, me encontraría hasta ahora de no haber sido por el simpático obstetra –que llegué a conocer- que en medio del esfuerzo que resultó volverme a jalar lastimó la mitad izquierda de mi, en ese entonces, bello rostro.

Durante mis primeros años de vida las consecuencias de ese altercado a la hora de nacer eran evidentes, pero con mi fácil sonrisa y encanto de aire distraído podía opacar la casi inexistencia de mi ojo izquierdo. El parpado quedó dañado, le dijo el obstetra a mi madre, pero confío que se resolverá con el desarrollo. ¿“Confío”? Es decir que no había seguridad alguna de que a la hora de estirarme, que me salgan pelos en todos lados, que tenga que usar desodorante y empiecen mis ardores pueriles, mi ojo siniestro pueda ser normal.

Pero, al parecer, el doctor confió mucho. Cuando ya promediaba el metro setenta de estatura, mi voz de niña mutaba a una más aceptable para mi apariencia y las chicas se convertían en el interés principal, paulatinamente, casi sin querer, mi ojo antagónico fue abriéndose hasta llegar a una diferencia casi imperceptible con respecto a su vecino.

Es así que mi rostro asumió la normalidad que nunca tuvo, y yo, yo asumí el papel de galán que nunca me quedó. De alguna misteriosa manera, tal cual mi párpado se regeneró, mi presencia, mi encanto se podría decir, ante el género femenino asumió una nueva faceta, dejé de perseguir chicas para dedicarme a clasificarlas y/o coleccionarlas. Amén por el desarrollo, clamaba para mis adentros. Había dejado de ser el gordito cargoso de un solo ojo para convertirme en un alto, espaldón y rizado chiquillo sobrado.

Fue bajo estas últimas condiciones que conocí a Esther, la primera chica calificada como amante ideal en mi currículo –que, a lo mucho, consta de dos carillas-. En el primer año del tormentoso idilio que tuve con ella, la abandoné por Raquel, sin mucho asco le dije: tengo enamorada. Y sin más, con el bóxer en el bolsillo y ella envuelta en sus sábanas, me fui de su casa. Para el segundo año, el primero fuera de la secundaria, me volví a enamorar y, para no perder la costumbre, no fue de ella. Cuando me disponía a abandonar su dormitorio después del anuncio respectivo, ella, al parecer con mucho amor propio, saltó sobre mí para golpearme furibunda por un nuevo desplante, y yo logré zafarme sin mucho esfuerzo dejándola sentada sobre su cama revuelta.

Nunca fui un chico malo, simplemente he sido muy imbécil, por eso cuando ella decidió encerrarse en su closet y me dejó escuchar ese llanto repleto de desilusión, me tembló el buche y me arrepentí de haberle dicho lo que le dije, por eso me acerqué despacito a jalar la puerta de su clóset para sacarla de ahí y poder abrazarla y besarla. Para mi mala o buena suerte, el galán que durante pocos años fui, murió esa noche. En un rabioso último esfuerzo por recuperar su dignidad, Esther empujó con fuerza despechada la puerta a la que yo me acercaba sin cautela y esta me dio de canto y de lleno en la órbita del ojo –sí, ese ojo-, lanzándome al suelo inconciente.

Un par de años después de esa anécdota, Esther aceptó el primer ofrecimiento de su familia de mudarse a los yunaites dejándome en claro que ninguno de los dos podría detener nuestros encuentros a menos que alguien se vaya del país. Encuentros que se siguieron suscitando incluso después de ese tremendo golpe que recibí, despertándome horas más tarde en una camilla y con un enorme, gigantesco bulto que selló mi visión izquierda durante una semana, para que el médico –esta vez no era el simpático obstetra- me dijera que el ligamento del párpado no se podría recuperar, que quedaría flojo, entrecerrado, así que mejor vaya preparando un look a lo Paris Hilton que ella sabe como manejar estos asuntos con estilo.

Es así que recordaba a Esther mientras encendía la computadora y analizaba la asimetría de mi faz en el oscuro reflejo de la pantalla: como la atormentada amante perfecta que me cagó el ojo para toda la vida. Pero, sin ser ajeno a la verdad, el izquierdo me cae mejor que el derecho, es que es un flojonaso, un vago, un pusilánime, que su única función –o sea abrirse- la hace a medias, que tiembla cuando estoy al borde de una migraña, que me punza cuando estoy en medio de una, en fin, es un jodido idiota, por eso estoy encantado de que esté en mi cara.

martes, abril 21, 2009

Las ganas de ser un idiota

Estoy mal, estoy pésimo, estoy sedado. Todos los días me levanto con el costado derecho adormecido y contraído. Mi hígado colapsó y quiere suicidarse, pero mi médico y mi madre planean ahorrarle el esfuerzo y tratan de curarlo con mi vago consentimiento. He bebido demasiado, he comido demasiada chatarra durante por lo menos un mes, todos los días, religiosamente, y dadas las ironías de la vida este tortuoso y ridículo mes, deprimido mes, finalizó con la semana santa y el entumecimiento vespertino.

Sólo estoy seguro de una cosa, mis padres son buenos padres. Cuando tenga un hijo y este decida agarrársela con el alcohol voy a hacer lo mismo que ellos, lo voy a dejar hasta que se enferme y así me evitaré infructuosos regaños, como ellos se los evitaron, y él podrá entender que la vida no es un carnaval, que no es para reír, que es para llorar, carnaval, así como yo lo hice. Cuando tenga un hijo y este decida tomar todos los días porque está deprimido lo voy a dejar, para que ahogue sus penas y pueda dormir en las noches por lo borracho que estará. Cuando tenga un hijo y este decida que las cervezas en el centro del parque, fumar diez cigarros al día y levantarse a la amiguita de la universidad es la única solución a sus problemas lo voy a dejar, así podrá comprender que esa vida sólo funciona hasta los 18 y de pronto caerá en la cuenta de que ya tiene 21, que ya debería portarse como un hombre responsable, como un hombre de bien. Así, tal vez, cuando tenga un hijo y lo deje hacer todas esas cosas, él mismo podrá darse cuenta de que será un idiota hasta que el destino diga lo contrario.

El médico me dijo: “sólo sopita”, y de repente me convertí en el popular “medio menú”. Un interno me dijo: “dieta por tres meses”, ahora soy un experto nutricionista, ya sé todo lo que debería comer y no, y pronto seré un flaquito rico. Mi madre me dijo: “es que mucho traguito”, ¿recién te diste cuenta, querida madre? Una amiga me dijo: “déjate de tonterías Andrés, lo estas haciendo todo mal”, ahora resulta que ni las tonterías las hago bien.

Estoy lesionado, estaré fuera de las canchas por buen rato y mañana me harán mi resonancia, para decirme cuanto tiempo estaré de para cual futbolista. Cederé mi titularato a algún entusiasta que asuma el reto de beber como desquiciado todos los viernes junto a mis inseparables borrachos, digo amigos, bueno, mejor amigos-borrachos o borrachos-amigos. Estoy seguro que mis borrachos amigos aguardarán mi retorno con impaciencia, que la hinchada pondrá pancartas con mi nombre y se escribirán acrósticos, con mi nombre también, en todas las paredes deseándome una feliz recuperación. Estoy seguro que el día de mi regreso a la cancha las tribunas estarán llenas, la gente soltará un alarido de excitación mientras yo ingrese al mítico Ara’s saltando sobre mi pierna derecha, y me jugaré un partidazo, un partido de aquellos que me jugaba de muy chibolo, dribleando entre miles de botellas color ámbar y por fin anotaré un gol, de esos de casi media cancha –es decir levantarme a alguien-, así por fin darme cuenta de que mi destino aún no cambia, de que puedo seguir siendo un idiota y de que soy feliz siéndolo.

jueves, abril 09, 2009

Apuntes Psicológicos

Estoy deprimido. Esa fue la conclusión de Juan el psicólogo, el mismo que lee esta bitácora muy de vez en cuando, el mismo que me da citas gratuitas y me cuenta sobre sus tres novias. Esa fue su conclusión, con la cual estoy de acuerdo, que estoy condenadamente deprimido, glotona y alcohólicamente deprimido.

Conocí a Juan hace varios años, era quien le daba citas dos veces por semana a Esther, la chica que huyó a otro país, incluso antes de conocerme, y fue ella quien nos presentó. Nos caímos bien de inmediato, yo tenía mucho que hablar y él mucho que aspirar, con lo cual, gracias a unos conocidos, me dijo que no había consulta que se pague entre nosotros mientras yo pueda conseguirle ese polvillo que descubrió en la universidad y que lo acompañaba en sus primeros años como profesional, ese polvillo que, según él, lo mantenía con los pies en la tierra.

Juan regresó hace poco a Lima, tuvo un prolongado periplo por el norte del país, acusaba a ese polvillo que antes le conseguía de estar destruyendo prematuramente su vida. Gracias a la tecnología pudimos mantenernos en contacto y siempre me aseguraba que cuando volviera tendríamos las consultas que quiera sin polvillo ni dinero de por medio, debido a que ambos ya nos retiramos de esas lides, simplemente en honor a la amistad. Es así que, una vez instalado en Lima, mantuvo su promesa ofreciéndome siempre ese viejo diván que se consiguió para verse más serio, según me contó.

La última vez que nos vimos, me aseguró que mi depresión se debe a mi recién estrenada soltería – bueno, no había que ser un genio para notarlo-, que mi frustrada proyección con Isabel había desencadenado en constantes ataques de soledad y a eso se sumaba el hecho de que ya no tenga bebe a la cual visitar los domingos, que perder a dos seres amados en menos de cinco meses me ha estado empujando a la glotonería y bohemia a la que siempre fui proclive.

Me dijo también que, muy a mi pesar, mi decisión de terminar con Isabel fue acertada, pero que aceptar los hechos tan calmadamente me estaba consumiendo, me recomendó conseguirme una amiguita con la cual descargar mis ímpetus por un tiempo, que enfocarme en lo que soy yo, mis estudios, mis pasiones, mis pasatiempos me haría bien. Y bueno, al final es algo que siempre debí hacer.

Terminado el tema, me ofreció un trago en su sala. En cuestión de horas, tras varias copas, el sobrio y apacible psicólogo que tenía en frente se volvía a convertir en el impetuoso y cocainómano personaje que conocí hace años, con las gafas chuecas sobre su rostro me contaba de Jazmín, de Rosa y de la chica que embarazó cerca de la frontera que tenía un nombre muy curioso: Amapola. La situación con esta última fue la que lo devolvió a Lima, titulándose de cobarde y casi confesando que tenía un problema con los brotes y capullos, cosa que sus siempre floreadas camisas ya delataban.

Fue así que, tras su milésima ida al baño, aproveché para despedirme, no sin antes ayudarlo a que no se ahogue con su propio vómito en el inodoro, y lo último que le dije mientras frotaba su espalda fue: Tú también necesitas un psicólogo, querido Juan.

martes, marzo 24, 2009

Pienso


Pienso que debería estar durmiendo. Pienso en ese frasco de Alprazolám que tiré al inodoro. Pienso que debería dejar de fumar. Pienso en tomar todas las noches. Pienso que debería desayunar más seguido. Pienso en hacer ejercicios. Pienso en jugar basquet sin operarme la rodilla. Pienso que estoy engordando muy rápido. Pienso en un bocadillo de media noche. Pienso en un min-pao del mercado central. Pienso en los años que vomitaba. Pienso que voy a vivir muy poco.

Pienso en Micaela todos los días, pienso que la voy a ver los domingos desde temprano. Pienso que los juegos de Plaza vea son mejores que las camas de hospital. Pienso que los sueños que tengo son imágenes de otra vida. Pienso en Isabel cada cinco minutos, pienso que tiene razón al llamarme cobarde. Pienso en la muchacha que se mudó a otro país huyendo de mí, pienso que ella fue más cobarde. Pienso que debería tragarme el orgullo. Pienso que Raquel y su familia deberían tener más orgullo y no dejarme entrar más a su casa. Pienso que soy un pésimo amigo, pero peor novio.

Pienso que mi psicólogo tiene razón cuando me repite, todas las sesiones, que mi autoestima, siempre, está por los suelos. Pienso que debería seguir buscando trabajo. Pienso que debería dejar de escribir. Pienso, tercamente, en publicar algún día. Pienso en buscar alguna práctica en algún diario. Pienso que voy a morir de hambre trabajando en algún diario. Pienso en las veces que debí ser padre. Pienso que no debería intentarlo de nuevo. Pienso en las veces que me rompieron el corazón. Pienso, a veces, que nació roto. Pienso que debería estar durmiendo, pero recuerdo que ya no tengo pastillas ni Micaela, así que mejor sigo pensando.

miércoles, marzo 18, 2009

El por qué de las cosas


Ayer tuve que levantarme temprano. No necesariamente despertarme temprano, salí de mi cama a la hora en que cualquier mortal con trabajo o alguna responsabilidad ya estaría despierto, pero en mi caso tomó un par de minutos darme cuenta de que me encontraba en la ducha alistándome para ir a la clínica.

Mi primo Gabriel fue internado el día anterior por una deshidratación severa y a petición de mi madre fui a acompañarlo durante un par horas, de paso para ayudar a mi tía, y de paso saber si ya estaba listo para ver a un niño inquieto sobre una cama de sábanas blancas, atado a una vía de suero tal cual había experimentado con Micaela hace unos meses.

Debo decir que al abrir la puerta de la habitación 410 de esa clínica cercana a mi casa me sentí como un hidrófobo lanzado a una piscina. Lo bueno fue, tras el impacto inicial, que la angustia se desvaneció al darme cuenta de que podía sobreponerme, dar unos pasos hacia dentro y quedarme por fin con el hiperactivo niño que es mi primo.

Entrado el mediodía mi tía salió a almorzar. Gabriel y yo nos quedamos viendo Oliver Twist compartiendo la cama, desparramados más bien. Aproveché la oportunidad para contarle que Isabel no iría más a visitarnos –y es que vivimos juntos en la enorme casa de la abuela-, merecía saberlo ya que el hombrecito estaba acostumbrándose a su presencia.

Primero, la pregunta de cajón, ¿Ya no son enamorados?, Pues, no, le dije. La siguiente pregunta, más que obvia, fue la mejor que me han hecho desde el viernes que ocurrió el rompimiento, ¿Y por qué? -...- ¡Carajo! ¡Que excelente pregunta! No fue el típico: ¿qué pasó?, ese que me hicieron los amigos que se enteraron, los mismos amigos que me hicieron sentir más entrevistado que Claudia Llosa.

“¿Y por qué?”, tan simple, Es que queremos cosas diferentes, fue lo primero que alcancé a decirle, ¿Qué cosas?, repreguntó, Ella, por ejemplo, quiere alguien que la cuide, alguien que le de mucha seguridad, que de soporte a su vida en todo sentido, ella quiere rehacer su vida. Cuando me percaté que me escuchaba atento proseguí, Yo quiero otras cosas, por ejemplo, terminar la universidad, viajar, escribir mucho, fumar mucho, beber mucho y sobre todo, alguien que me deje amarla mucho.


“¿Y por qué?”. Sólo me queda agradecer esa sabia pregunta que me hizo Gabriel con sus inquietísimos ocho años. Esa sabia pregunta que me dio una sabia respuesta.

domingo, marzo 15, 2009

La muerte anunciada de Nosotros


Nosotros fue un guapo y robusto niño que nació de un apresurado compromiso entre un bonachón caballero, alto, de tez blanca, y una dama recién divorciada, que tenía una sustentosa manutención del ex-marido. Los padres de Nosotros habían sido viejos amantes, pero en ese tiempo, el caballero bonachón era joven, delgado y pobre, siendo ahora no tan joven, robusto –cualidad que heredó-, pero aún pobre. Fue en aquel entonces que no funcionó la relación de los padres de Nosotros, la madre, guapa –cualidad que heredó-, autosuficiente y de intensas voluntades tomó otro rumbo casándose con el señor de la cuantiosa manutención, para después asegurar y fundamentar, sin convencer a nadie, que su matrimonio había sido una total pérdida de tiempo, ganas, convicciones y sentimientos.

Pasado el divorcio, en algún momento, sin necesidad de creer en el destino, los padres de Nosotros, que aún no existía, se reunieron a tomar café, pasar el rato y contarse de sus vidas. Él no volvió a entablar relación con nadie, muchos intentos fallidos y pocas oportunidades, y ella que salía derrotada de un matrimonio de fachada, estático y asfixiante. Fue así que, sin creer en el destino, él vio un ángel, de un destello de luz fluorescente, un ángel que ella también vio, que no era como uno convencional, era cojo y manco del lado derecho, un par de muñones benditos reemplazaban sus extremidades, y así fue que decidieron retomar su vida juntos, porque tomaron a ese ángel como una señal y como la guardia futura de quien fue Nosotros.

Ante la llegada de Nosotros, que tampoco fue una sorpresa generalizada, según los más allegados una cuestión de tiempo, extrañas circunstancias alertaron al padre de que algo no andaba bien y la madre siguió mirando al frente, sin sentir lo que pasaba. Y es que Nosotros estaba enfermo, nació enfermo. Quizás perdiendo algo de tiempo, él lo llevó a que un médico amigo lo diagnosticara, este le dijo que no veía ningún problema y le recetó un par de calmantes para que dejara de pensar en que algo estaba mal, pero él siguió su instinto y fue a otro y después a otro hasta que uno, por fin, encontró el problema, Es que eres pobre, le dijo, Eres pobre y también una buena persona, y esa, es la peor de la combinaciones, no tiene mucho tiempo de vida y mientras su madre siga sin darse cuenta de que todo en él funciona mal, el tiempo se le seguirá acortando. El padre se sintió desolado, Nosotros no tenía esperanza alguna y al parecer sólo él se daba cuenta.

Y la manutención del ex-marido siguió llegando, a pesar de ella estar con Nosotros y su padre, y así Nosotros cada vez empeoraba más sin que nadie se percate, hasta terminar como un despojo, tendido sobre una cama, conectado a unas máquinas que funcionaban para mantenerlo vivo, para mantener una existencia inútil, a la cual sólo el padre se había hecho la idea de que pronto no estaría más. Y la madre, distraída pensando en como gastar su cuantiosa manutención, caminaba alrededor de la cama de Nosotros, sorteando las máquinas que el padre había comprado para mantenerlo vivo, y casi sin querer o casi queriendo, pisó el cable que alimentaba la corriente eléctrica. Recién en ese momento, en el que Nosotros no tenía nada que sustente su vida, en el que Nosotros estaba muriendo irremediablemente, en el que el padre sólo se acercó a bajar sus parpados y esperar tranquilo que todo esté consumado, en ese momento fue que ella se percató de todo y casi sin querer o casi queriendo dejó escapar un Perdoname.

lunes, marzo 02, 2009

Te extraño

Te extraño cuando trato de dormir, porque tiré todo un frasco de somníferos al escusado para pensar en ti por las noches y así dormir igual de rico. Te extraño cuando paso por tu colegio, recuerdo que te contrabandeaba dulces por el costado de la puerta y juntos esperábamos que tu abuela vaya a buscarte. Te extraño los domingos, sobretodo en semanas horribles como esta, porque me arreglabas la vida entera dejándote cargar y esperaba el lunes con una sonrisa. Te extraño cuando Totta ladra y mueve la cola, porque recuerdo las veces que me preguntabas por ella, a pesar de haberla visto sólo una vez. Te extraño cuando veo mis ojos en el espejo y nuevamente te tengo ahí, abriéndome los párpados y diciendo que los tuyos también son marrones. Te extraño cuando escucho Just like heaven por todas las veces que te la dediqué en silencio. Te extraño más que en esa época, en la que tu madre amaba a ese señor que tú también quieres mucho, y yo te iba a ver a escondidas, de vez en cuando, y cada vez te veía más grande y más linda. Te extraño cuando toco algún techo con la punta de los dedos, porque te recuerdo preguntándome si llegaba al techo de tu sala y luego te cargaba para que tú también lo hagas. Te extraño porque ya nadie me quita las gafas, que ahora están rayadas y rotas. Te extraño porque nadie me recibía como tú al llegar a tu casa. Te extraño cuando no tengo con quien ignorar a tu madre, no tengo a quien cuchichearle bromitas absurdas mientras ella reniega. Te extraño porque ya nadie me pregunta por su futuro hermanito. Te extraño cuando veo televisión, extraño que te muevas como culebra y te duermas sobre mi fofa barriga, y luego no me dejes cambiar tu programa porque te despiertas de inmediato y me dices que no te gusta el fútbol. Te extraño cuando veo Wall-e, ese robot idiota que aprendí a adorar, porque lo veíamos tres veces todos los días que podíamos. Te extraño cuando tu madre sirve la comida que ella misma preparó y no tengo con quien sentirme castigado. Te extraño, porque nunca más me dieron ganas de afeitarme y nunca más quiero dejar de fumar. Te extraño todos los días, porque la foto que te tomé está al lado de mi cama, pero, créeme, es la mejor foto del mundo.

sábado, febrero 14, 2009

Me vas a dejar


Me vas a dejar, estoy seguro. Como hace años, te convertirás en la villana y yo, yo seré nuevamente el ebrio que te ama con locura desmayado en un parque.

Me vas a dejar, porque los años han pasado por mi, pero tú sigues siendo más grande, y ahora, más ambiciosa, más bella, y yo sigo siendo un chiquillo, sin ambiciones ni belleza.

Me vas a dejar, porque pronto te darás cuenta de que soy pobre, no tengo donde caer muerto, y si es que he de seguir vivo, planeo vivir pobremente porque todo lo que bien gane sería para ti.

Me vas a dejar, porque tienes mil hombres tras de ti y alguno debe tener la razón perfecta para que lo hagas de una vez.

Me vas a dejar, porque no soportarías mis dudas, mis ansiedades, mi hipocondría, mis adicciones y mi mal carácter.

Me vas a dejar, porque te darás cuenta de que soy un placebo para tu dolor, que también es el mío, y cuando aprendas a domarlo, es que la solución está dentro de ti, me dejarás.

Me vas a dejar, porque me gusta cometer muchos errores y asumo que alguno de ellos no me sabrás perdonar.

Me vas a dejar, cuando te des cuenta de que soy insufrible e insoportable, que soy malagradecido y sistemáticamente olvidadizo.

Me vas a dejar el día que olvide alguna fecha especial, el día que mencione a alguna ex, el día que hable vulgaridades, el día que conozcas a alguien mejor –que podría ser cualquiera-. Me vas a dejar el día que te des cuenta de que esto sucede todos los días.

miércoles, febrero 04, 2009

El sueño de Westminster

Anoche soñé, recuerdo mi sueño en realidad, todas las noches soñamos los mortales. Soñé que caminaba por un campo de trigo, con el brazo estirado para sentir los tallos jugueteando con el viento que apacible aplacaba el calor. A lo lejos, sobre una colina, mi enana esperaba con la sonrisota de siempre, se retiraba corriendo y un segundo después traía a su madre de la mano y escuchaba emocionado como le decía, Mira, mami, es Andy.

Al subir la colina se veía, inconfundible al horizonte, el Big Ben. Se erigía imponente haciéndole sombra al parlamento británico. Al acercarme a ambas, tras abrazarlas y besarlas, la enana estiraba sus brazos hacia arriba, con las manos bien extendidas, señal inequívoca de querer ser cargada, y así fue, cargada como muchas veces durante muchas horas y esta vez, quizá por tratarse de un sueño, la fatiga no me invadió.

Así, sin fatiga y con su gran sonrisa, cargada con un solo brazo y su madre tomada de mi mano libre señaló la torre imponente. Sus ojos enormes y vivarachos me pedían correr, y como no había fatiga por tratarse de un sueño, corrimos juntos al palacio de Westminster, porque su mami, que desapareció misteriosamente, seguramente porque corrimos muy rápido y la dejamos atrás, me había dicho que vieron bicicletas rosadas cerca de ahí.

Fue así como, en mi sueño sin fatiga, anocheció, y nosotros, sin su madre desaparecida, alumbrados por el reloj imponente y la luna a su lado, pedaleábamos como locos dándole vueltas y vueltas al palacio, muertos de risa, y de repente me di cuenta que la promesa estaba cumplida. Nos detuvimos para ver la hora, era tarde, y eso mismo nos decía su madre en ese momento, que bajaba de un bus rojo de dos pisos, y nosotros sudorosos pero no cansados, nos bajábamos de las bicicletas.

Y nuevamente nos despedíamos, con sonrisas y besos distintos a los de siempre, porque todos sabíamos que era un sueño, porque no estábamos cansados, pero como siempre la enana me pedía que me quedara, sólo por un ratito más, a pesar de que sea tarde y fue así que decidí quedarme, porque nunca más tendría ese mismo sueño en el que nadie se cansaba, y fue así como me quedé, a sabiendas de que en algún momento tenía que despertar.