sábado, febrero 14, 2009

Me vas a dejar


Me vas a dejar, estoy seguro. Como hace años, te convertirás en la villana y yo, yo seré nuevamente el ebrio que te ama con locura desmayado en un parque.

Me vas a dejar, porque los años han pasado por mi, pero tú sigues siendo más grande, y ahora, más ambiciosa, más bella, y yo sigo siendo un chiquillo, sin ambiciones ni belleza.

Me vas a dejar, porque pronto te darás cuenta de que soy pobre, no tengo donde caer muerto, y si es que he de seguir vivo, planeo vivir pobremente porque todo lo que bien gane sería para ti.

Me vas a dejar, porque tienes mil hombres tras de ti y alguno debe tener la razón perfecta para que lo hagas de una vez.

Me vas a dejar, porque no soportarías mis dudas, mis ansiedades, mi hipocondría, mis adicciones y mi mal carácter.

Me vas a dejar, porque te darás cuenta de que soy un placebo para tu dolor, que también es el mío, y cuando aprendas a domarlo, es que la solución está dentro de ti, me dejarás.

Me vas a dejar, porque me gusta cometer muchos errores y asumo que alguno de ellos no me sabrás perdonar.

Me vas a dejar, cuando te des cuenta de que soy insufrible e insoportable, que soy malagradecido y sistemáticamente olvidadizo.

Me vas a dejar el día que olvide alguna fecha especial, el día que mencione a alguna ex, el día que hable vulgaridades, el día que conozcas a alguien mejor –que podría ser cualquiera-. Me vas a dejar el día que te des cuenta de que esto sucede todos los días.

miércoles, febrero 04, 2009

El sueño de Westminster

Anoche soñé, recuerdo mi sueño en realidad, todas las noches soñamos los mortales. Soñé que caminaba por un campo de trigo, con el brazo estirado para sentir los tallos jugueteando con el viento que apacible aplacaba el calor. A lo lejos, sobre una colina, mi enana esperaba con la sonrisota de siempre, se retiraba corriendo y un segundo después traía a su madre de la mano y escuchaba emocionado como le decía, Mira, mami, es Andy.

Al subir la colina se veía, inconfundible al horizonte, el Big Ben. Se erigía imponente haciéndole sombra al parlamento británico. Al acercarme a ambas, tras abrazarlas y besarlas, la enana estiraba sus brazos hacia arriba, con las manos bien extendidas, señal inequívoca de querer ser cargada, y así fue, cargada como muchas veces durante muchas horas y esta vez, quizá por tratarse de un sueño, la fatiga no me invadió.

Así, sin fatiga y con su gran sonrisa, cargada con un solo brazo y su madre tomada de mi mano libre señaló la torre imponente. Sus ojos enormes y vivarachos me pedían correr, y como no había fatiga por tratarse de un sueño, corrimos juntos al palacio de Westminster, porque su mami, que desapareció misteriosamente, seguramente porque corrimos muy rápido y la dejamos atrás, me había dicho que vieron bicicletas rosadas cerca de ahí.

Fue así como, en mi sueño sin fatiga, anocheció, y nosotros, sin su madre desaparecida, alumbrados por el reloj imponente y la luna a su lado, pedaleábamos como locos dándole vueltas y vueltas al palacio, muertos de risa, y de repente me di cuenta que la promesa estaba cumplida. Nos detuvimos para ver la hora, era tarde, y eso mismo nos decía su madre en ese momento, que bajaba de un bus rojo de dos pisos, y nosotros sudorosos pero no cansados, nos bajábamos de las bicicletas.

Y nuevamente nos despedíamos, con sonrisas y besos distintos a los de siempre, porque todos sabíamos que era un sueño, porque no estábamos cansados, pero como siempre la enana me pedía que me quedara, sólo por un ratito más, a pesar de que sea tarde y fue así que decidí quedarme, porque nunca más tendría ese mismo sueño en el que nadie se cansaba, y fue así como me quedé, a sabiendas de que en algún momento tenía que despertar.