martes, abril 28, 2009

El ojo de la tormenta


Si alguna vez te cruzaste conmigo, te detuviste a mirarme fijamente y sentiste que algo no concuerda, si alguna vez conversamos animadamente –es decir, con cervezas- y me miraste directo a los ojos para decir alguna verdad, y de repente te dieron ganas de preguntarme que me sucedió en el párpado izquierdo, por qué está ligeramente más cerrado que su hermano derecho, he aquí la versión oficial.




Nací a los ocho meses de ser concebido, cuando mis padres cumplían diez meses de casados. Mi madre, una treintañera casada con su primer enamorado, cuenta que hizo un embarazo regular, sin muchas molestias. A la hora de dar a luz, en el momento que asomaba mi cabeza, ella decidió hacer un mal movimiento, respiró mal, pensó que algo iba a salir mal, en fin, algo tuvo que hacer mal en ese momento que el doctor ya me tenía asido de la cara y, sin más, casi regreso al vientre materno, donde, tengo la certeza, me encontraría hasta ahora de no haber sido por el simpático obstetra –que llegué a conocer- que en medio del esfuerzo que resultó volverme a jalar lastimó la mitad izquierda de mi, en ese entonces, bello rostro.

Durante mis primeros años de vida las consecuencias de ese altercado a la hora de nacer eran evidentes, pero con mi fácil sonrisa y encanto de aire distraído podía opacar la casi inexistencia de mi ojo izquierdo. El parpado quedó dañado, le dijo el obstetra a mi madre, pero confío que se resolverá con el desarrollo. ¿“Confío”? Es decir que no había seguridad alguna de que a la hora de estirarme, que me salgan pelos en todos lados, que tenga que usar desodorante y empiecen mis ardores pueriles, mi ojo siniestro pueda ser normal.

Pero, al parecer, el doctor confió mucho. Cuando ya promediaba el metro setenta de estatura, mi voz de niña mutaba a una más aceptable para mi apariencia y las chicas se convertían en el interés principal, paulatinamente, casi sin querer, mi ojo antagónico fue abriéndose hasta llegar a una diferencia casi imperceptible con respecto a su vecino.

Es así que mi rostro asumió la normalidad que nunca tuvo, y yo, yo asumí el papel de galán que nunca me quedó. De alguna misteriosa manera, tal cual mi párpado se regeneró, mi presencia, mi encanto se podría decir, ante el género femenino asumió una nueva faceta, dejé de perseguir chicas para dedicarme a clasificarlas y/o coleccionarlas. Amén por el desarrollo, clamaba para mis adentros. Había dejado de ser el gordito cargoso de un solo ojo para convertirme en un alto, espaldón y rizado chiquillo sobrado.

Fue bajo estas últimas condiciones que conocí a Esther, la primera chica calificada como amante ideal en mi currículo –que, a lo mucho, consta de dos carillas-. En el primer año del tormentoso idilio que tuve con ella, la abandoné por Raquel, sin mucho asco le dije: tengo enamorada. Y sin más, con el bóxer en el bolsillo y ella envuelta en sus sábanas, me fui de su casa. Para el segundo año, el primero fuera de la secundaria, me volví a enamorar y, para no perder la costumbre, no fue de ella. Cuando me disponía a abandonar su dormitorio después del anuncio respectivo, ella, al parecer con mucho amor propio, saltó sobre mí para golpearme furibunda por un nuevo desplante, y yo logré zafarme sin mucho esfuerzo dejándola sentada sobre su cama revuelta.

Nunca fui un chico malo, simplemente he sido muy imbécil, por eso cuando ella decidió encerrarse en su closet y me dejó escuchar ese llanto repleto de desilusión, me tembló el buche y me arrepentí de haberle dicho lo que le dije, por eso me acerqué despacito a jalar la puerta de su clóset para sacarla de ahí y poder abrazarla y besarla. Para mi mala o buena suerte, el galán que durante pocos años fui, murió esa noche. En un rabioso último esfuerzo por recuperar su dignidad, Esther empujó con fuerza despechada la puerta a la que yo me acercaba sin cautela y esta me dio de canto y de lleno en la órbita del ojo –sí, ese ojo-, lanzándome al suelo inconciente.

Un par de años después de esa anécdota, Esther aceptó el primer ofrecimiento de su familia de mudarse a los yunaites dejándome en claro que ninguno de los dos podría detener nuestros encuentros a menos que alguien se vaya del país. Encuentros que se siguieron suscitando incluso después de ese tremendo golpe que recibí, despertándome horas más tarde en una camilla y con un enorme, gigantesco bulto que selló mi visión izquierda durante una semana, para que el médico –esta vez no era el simpático obstetra- me dijera que el ligamento del párpado no se podría recuperar, que quedaría flojo, entrecerrado, así que mejor vaya preparando un look a lo Paris Hilton que ella sabe como manejar estos asuntos con estilo.

Es así que recordaba a Esther mientras encendía la computadora y analizaba la asimetría de mi faz en el oscuro reflejo de la pantalla: como la atormentada amante perfecta que me cagó el ojo para toda la vida. Pero, sin ser ajeno a la verdad, el izquierdo me cae mejor que el derecho, es que es un flojonaso, un vago, un pusilánime, que su única función –o sea abrirse- la hace a medias, que tiembla cuando estoy al borde de una migraña, que me punza cuando estoy en medio de una, en fin, es un jodido idiota, por eso estoy encantado de que esté en mi cara.

6 comentarios:

Elizabeth Zamorah dijo...

CALIENTITA ... ASI KEDO TU OJO OPS!
A veces los hombres hacen cosas inexplicables .....
y estúpias ..
Bueno, yo no note mucho lo de tu ojo; es decir, hasta me parecias medio asiático ...... Ok ríete

A CAMBIO DE ESE OJOS MALO TIENES ESA SONRISITA QUE DEJAN VER ESOS DIENTES BIEN ELABORADOS ...
NO T TOY GILEANDO ... NO ERE SMI TIPO !!!!!! Saludame al OjO
Kiss

santiagoMdc dijo...

"es que es un flojonaso, un vago, un pusilánime"
dicen qe todas las cosas se parecen a su dueño no? jaja

vannana dijo...

jaja a mi me gusta tu ojo izquiero andy :) si fuera una persona, le diria FELPA. jajaja

Miguel dijo...

Las mejores evocaciones no son tales sin el ingrediente emocional. SI.

Saludos.

Elmo Nofeo dijo...

Por visto, no has tenido una buena visión con las mujeres.
:)

poetalario dijo...

el izquierdo q nos confunde.. que nos cega.. que nos mantendrá a medio hacer..una ojeada inconclusa.. como debe ser..