lunes, mayo 18, 2009

"Mica"

Ayer fue su cumpleaños. Debió cumplir 5. En todo caso, los cumplió. Esta es, en una suerte de homenaje, la perspectiva tras la partida.
Ella tenía la sonrisa perfecta. De esas sonrisas difíciles de arrancar, que te cuestan porque no confiaba en nadie, pero que a la postre, haciéndome el imbécil, pude hacerme de muchas. Tenía los ojos siempre bien abiertos, porque era una curiosa. En esos ojos que alguna vez me vi reflejado, que pegó a los míos para sentenciar que son del mismo color. El mismo color y punto, señor. Tenía el cabello castaño y la piel canela, suficientes razones para decir que no era hija de su madre, pero bastaba con verlas juntas un segundo para decir que eran igualitas, las misma foto en negativo.

Siempre me llamó por mi nombre. Escuchar el Andy los domingos con su vocecita pícara me arreglaban la semana entera. Se hacía cargar cada que nos veíamos, su corazón la cansaba con suma facilidad y por eso trepaba a mi contundente anatomía en cuanto tenía oportunidad. Su madre me comentó que hace un tiempo le dijo: Acaba tu comida para que crezcas y seas grande como Andy. A lo que ella respondió con un llanto ahogado, resentido, y dijo: Yo no quiero crecer tanto mami, él es muy grande.

A ella le gustaba la cumbia, el reggaetón, la chicha, en fin, esa música “tonera” que jamás soportaré. La bailaba con alegría, con furia, con pasión, porque ella sabía bailar muy bien, como su madre, y sin necesidad de llegar al metro de estatura. Es que ella se gestó en una discoteca, con los parlantes a todo volumen y las canciones que se bailan “apretadito”. Se quedaba hasta tarde en todas las reuniones, trasnochadora desde antes de nacer, colándose entre las piernas de cualquiera, pidiendo sorbitos de vino y, a veces, esperando a que me tropiece por borracho, que me caiga, me haga daño y me sienta como un imbécil. Y yo encantado de que eso ocurra, porque se cagaba de risa de verme en el suelo, adolorido. Encantado de verla reír.

Creía en Dios, en la Virgen y en su hijo. Decía que quería conocer a Jesús, que quería jugar con él. Desde mi agnóstico punto de vista nunca le presté mucha atención, sólo atinaba a hacerme el desentendido cada vez que menciona a Cristo, nuestro salvador, y lo señalaba como un tío buena gente.

Y siempre fue muy curiosa, cuestionaba todo sin tregua, todo debía ser explicado. Fui el encargado de disipar las dudas muchas tardes. Las tardes de los eternos por qué. Traté siempre de dar las respuestas políticamente correctas, lo juro, hasta que una de esas me agarró, no era ese: ¿Por qué el cielo es azul? O ¿Por qué los pájaros vuelan? Tan fáciles de responder en comparación. Me miró fijo a los ojos -que eran del mismo color de los suyos-, y dijo: ¿Por qué no te casas con mi mamá? Me quedé huevón. ¿Cómo explicarle a una criatura que su madre está loca y por eso no vivimos juntos? Sólo atiné a decirle que ya habrá tiempo para eso. Y de tanto responderle esas curiosidades me quedó una duda. Si tuviera la oportunidad de preguntarle sólo una cosita, esta sería al mismísimo estilo del buen Clapton. Le diría: ¿Tomarías mi mano si te encuentro en el cielo? Espero que sí, my love. Es lo único que espero.

martes, mayo 05, 2009

Quisiera ser tu héroe


Debo admitir que siempre me han importado poco las vicisitudes de los viajes en transporte urbano, sobre todo los periplos en combi, no los soporto, soy tan grande que nunca quepo ni relativamente cómodo, por eso trato de olvidar pronto todo lo que a ello respecta, pero esto si merece la pena ser contado.



Eran casi las siete de la noche y me encontraba en uno de los tantos paraderos de Evitamiento. Aguardaba por el vehículo que me llevaría veloz e inseguro; doblado en cuatro –o en cinco; a casa. Era testigo de la colorida fauna limeña – entre ladrones, comerciantes y transeúntes- cuando, de repente, tras temerarias maniobras evasivas entre la masa de destartalados cochecitos, apareció frente a mí la combi que llevaba mi destino escrito a los costados.

Abordé apresurado, quedaban pocos asientos libres. Una muchacha de olor curioso se sentó a mi lado, al lado también de una ventana que decidió mantener cerrada ahogándome un poco y con el agregado de que era abundante en carnes. Y así, sofocado como estaba, se inició mi regreso al hogar.

En la siguiente parada, ante un cúmulo de autos más grande que el anterior, el chofer volvió a hacer uso de sus inexorables dotes de piloto Formula 1 para colarse y quedar bien posicionado para recibir pasajeros. Así fue, quedamos bien posicionados, pero a merced de tanto ratero que pulula todos los días aprovechando esos atolladeros. Encima, el simpatiquísimo cobrador nos advierte que tengamos cuidado con los choros segundos antes de que se abriera la ventana próxima a mi voluminosa vecina y un enclenque comience a jalar su mochila.

Lo que a continuación ocurriría no lo creería absolutamente nadie que me conozca, sobretodo si es alguien que sepa que soy un pusilánime, un flojo y un cobarde –sí, un maricón-. En primer lugar, me sentí aliviado de que la ventana por fin estuviera abierta y se vayan los olores curiosos, pero al mismo tiempo sentí un deber, un impulso heroico por ayudar a la damisela en aprietos que luchaba por conservar lo suyo –Vamos, me dije, salva a la gorda-. Entonces resolví tomar el brazo del flaquito, que ya casi tenía la mochila, lo atraje hacia dentro y, de un certero puñetazo en la nariz, logré ahuyentarlo.

Nuestro Schumacher particular, tras varios segundos absorto en conocer el desenlace, por fin reaccionó y logró arrancar hacia el tránsito libre, y, ante los reclamos de la gente, no volvió a parar a menos que alguien tuviera que bajar. Obviamente, la muchacha me agradeció por salvar sus cosas, a lo que respondí un Don’t worry, darlin –tan británico yo-, dando pie a una conversación que poco me interesaba pues seguía sofocado con su olor curioso. Fue en ese momento, irremediablemente incómodo, que el Todopoderoso decidió joderme un rato y por los parlantes de la combi empezó a sonar una melosa cancioncita que decía: Si pudiera ser tu héroe, si pudiera ser tu dios…

En serio Diosito, que pendejo eres.