lunes, julio 13, 2009

La misericordia de la migraña


Estaba sumergido en mí. Nunca, nunca jamás, había experimentado tanto pánico en mi austera vida. En mi innoble existencia sólo una vez me había abstraído del mundo de tal forma y fue esa noche selvática de tragos, porros y tiros que, para ser recontra sincero, pensé que me moría.
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Me encontraba con una intensa migraña, en algún salón de la universidad, tratando de atender la clase, esas clases de tardes frías de inviernos limeños, tratando de fijar la vista sobre la pizarra cuando de repente, sin mediar advertencias, mi sentido del oído se empezó a deteriorar. Es decir, no fue todo de golpe, no me quedé sordo en un segundo, pero la voz del profesor iba bajando su volumen, poco a poco, hasta quedar en la opción mute.

La compañera sentada frente a mí volteó para decirme algo que –estoy seguro, algo irrelevante- ni si quiera hice el esfuerzo de captar, simplemente sonreí y asentí con la cabeza.

La migraña cedía pero al mismo tiempo que dejé de oír por completo, el chicle que recién masticaba se volvía insípido, la menta y el dulce se esfumaban mientras mi lengua se relajaba, se desmayaba como si hubiera recibido un dardo con tranquilizante. La migraña se rendía pero no podía oler el perfume de mi compañera. Inclinado hacia adelante tomé con cuidado su cabellera para aspirar su aroma, pero nada. Ya nada sonaba, ni sabía, ni olía. Es más, cuando cogí los cabellos no pude sentirlos, era conciente de que estaban entre mis dedos pero no los sentía, los veía ahí, entre mis dedos, pero éstos no los reconocían.

Fue así que la migraña casi desaparecía, pero faltaba una cosa, algo que naturalmente tenía que irse. Decidí calmarme y continuar sentado. Respiré hondo, profundo. El aire inodoro se clavaba como una daga en mis pulmones, mis pulmones maltrechos y ennegrecidos podían sentir dolor aún, es decir que aún sentía en mi interior, lo de afuera, la cáscara, era inútil ahora y, mientras todo se oscurecía, se volvía sombras, se opacaban y mezclaban todas las siluetas, se convertían en un todo de oscuridad; yo aún sentía para mis adentros.

Estaba yo envuelto en penumbra, sin sentidos, sin nada que me de un atisbo del mundo exterior. Me encontraba con la peor de las compañías, me encontraba conmigo mismo. Estaba con el bastardo ese que me cae tan mal. Tenía que estar –quién sabe cuanto- con alguien que se cree muy chévere, muy culto, muy vivo, muy experimentado, muy todo se cree el muy baboso.

En esa desesperante soledad fui conciente de las batallas en mi interior. Fui conciente de las miles de guerras que hay siempre entre mis “yo” más allegados y mis demonios más alejados. Esa soledad inalterable en la que fui conciente de que el peor enemigo que tengo es el “yo” más visible, el que se muestra al exterior, el que ve, huele, siente, escucha y todo lo demás. Ese “yo” que me decía que la guerra casi acababa, ese “yo” que se presentaba como el más fiero e indómito demonio y se proclamaba ganador.

Fue cuando, siendo conciente de mí como energía pura, como una entidad astral, como sintiéndome flotar, pude distinguir a dos personas iguales que se encontraban paradas frente a frente, unos gemelos antagónicos que iban a terminar sus diferencias en ese momento. El de la izquierda estaba vestido tal cual me recordaba esa tarde fría, con el bluejean y el polo amarillo, el cabello corto y las gafas. Su gemelo, o mi gemelo de la derecha estaba vestido con harapos, con la ropa hecha jirones, con el cabello largo y sucio, con las magulladuras y heridas de una guerra que perdía, con las piernas temblorosas no del miedo sino del cansancio.

Frente a frente, con las miradas clavadas en el otro, con los puños y dientes apretados, era el careo más intenso y brutal del que he sido testigo. Todo estaba a punto de estallar, la última batalla de la guerra perdida se iba a librar, pero entonces, el “yo” de la derecha, el más débil y golpeado, se hincó ante su gemelo de ropas limpias y sonrisa triunfal. Éste, con una navaja en la mano idéntica a la que una vez cargué, se acercó con tranquilidad, con firmeza, a sabiendas que ya todo había acabado y, de un certero, contundente envión, clavó el arma al costado de la cabeza, entre la ceja y la oreja, en el lado izquierdo. No fue un asesinato, estoy seguro, no se trató de un homicidio, sino más bien se trató de un acto de profunda y solemne misericordia, un acto piadoso que cualquier persona con honor hubiese realizado.

Mientras la sangre salía a borbotones, mientras el “yo” magullado y sucio moría irremediablemente, el “yo” astral se alejaba, me sentía catapultado lejos de esa escena, los dejaba a esos dos esperando la muerte de uno. Fui recuperando los sentidos, poco a poco oía el rumor de la clase, olía el perfume de mi compañera, sentía la ropa sobre mi piel, saboreaba la menta del chicle y la luz regresaba a la habitación. En ese momento, habiéndome reestablecido por completo, que podía percibir todos los manjares de la vida con mis sentidos, en ese momento tan sublime, un cuchillazo se introdujo furioso en mi sien izquierda, un impacto seco y limpio. Era la migraña que había vuelto, era la eutanasia disfrazada de migraña.

6 comentarios:

gio!!! dijo...

llegue primi!!!

tas seguro ke era la migraña??? no seria la resaca de esos polvitos misteriosos pero naturales???


xD


le pregunte a mi gata ke tenias y adivina ke me dijo: MAO!!!

Fiore dijo...

Que tal post eh?
sí que uno se "va" a veces

bsos de esposa primeriza y Recién casada

la pequeña candi dijo...

Como siempre... una maravilla.
Un beso!

digler dijo...

es que no hay escape de la maldita migraña...

santiagoMdc dijo...

doble personalidad? conflictos? lucha de poder? quien resulte ganador dependerá de ti. Por lo pronto uno ya le saco algo de ventaja al otro...

arena dijo...

aveces nosostros somos nuestros peores enemigos ....

exteriormente no eres como te describes ...ers de la ptm

todos t kieren

espiritualmnte de segura eres igual

saludos ando