jueves, agosto 27, 2009

El fin de mis días

Tras una serie de desvaríos existenciales, risueñas tertulias aderezadas con abundante pisco y sorpresivas pérdidas; empecé a planear mi despedida de estas tierras. No se trata de un elaborado proyecto para abandonar mi país o continente –aunque he de realizarlo en algún momento-, si no más bien es la enumeración de las distintas muertes que - si pudiera- escogería, pude tener o imagino. Así es, la muerte nos aguarda a todos, pero yo no le temo.



Debí morir en aquel viaje de hace un par de años, allá a la madre selva que tanto caló en mis raíces. Era la segunda noche de estancia y yo y mis fugaces compañeros de juerga libábamos las alegrías como si nuestra paupérrima existencia dependiera de ello. En algún momento de la jornada me encontraba en el baño enjuagándome la cara y no pude evitar sentirme tentado por el contentísimo humillo que expelían mis camaradas, todos, en una redondela, pegándole jalones al dichoso porro de la bacanería. Habiéndose consumido, no contentos con ellos, algún insatisfecho tomó su tarjeta –Visa, no te huevees- y empezó a convidar su polvo blanco que tan caro le había salido en Lima. Al acabar con el glorioso desmadre de sustancias, dicen, mis pupilas abarcaban todo el globo ocular y casi sin querer, sin bailar, sin sonreír y sin decir palabra alguna, me desvanecí en medio del loquerío que eran mis colegas. A la mañana siguiente, desperté para mi sorpresa con sendas vías en ambas manos en el policlínico local y con una amable doctora al lado de la camilla que me dijo: casi te nos vas dos veces.

Nunca conocí a mi bisabuelo Luciano, pero dicen de él que se trató de un hombre alto como yo y mujeriego a más no poder. Dicen mis tías y abuela que de ser un acaudalado terrateniente en la selva de mis ancestros, su colección de queridas le pasó factura y terminó sumido en la más honda miseria, sin embargo, su periplo por el mundo acabaría con una envidiable muerte. Falleció mientras dormía. Esta historia familiar siempre me produjo profunda admiración y al mismo tiempo me deja recordar aquella madrugada en la que confundido, agotado y consternado me encontraba excediendo mi dosis de somníferos. Una tras otra pepita acabé con la mitad del frasco lo cual me sumió en inerte sueño del cual sólo mi madre me rescató horas después. Iba a morir en medio de sueños, como el bisabuelo Luciano, o incluso como el fabuloso Truman Capote, atiborrado de calmantes en mi habitación. Pero no sería legendario como ambos.

Si en algún momento me sentí morir sin que mi corazón se detenga un instante, fue aquel miércoles de noviembre en el que no quise ir a trabajar y me detuve en el bar cercano a mi casa por una cerveza. Ese mismo miércoles en el que comprendí que la vida es un tránsito y sólo hay que descifrarla para pasar al siguiente nivel. Ese mismo miércoles de noviembre en el que Micaela se despidió de todos pues esta vida no le era suficiente y tenía que adelantársenos.

Quizá debí morir en ese sueño incompleto que tuve en el verano. Me soñé agonizante en una cama de hospital, con Isabel al lado y ella con una enorme barriga gestante prometiéndome que se llamaría como yo, sin lágrimas en los ojos, sólo esperando mi muerte antes de que despierte en mi habitación.

Pero si mi fatal destino fuera un asunto de elección, elegiría sin dudar la muerte que me vaticinó mi adorada y extrañada Melissa. Morirás en un apartamento en Londres, morirás fumando ese último cigarro que ahogará tus pulmones. Morirás tratando de escribir la novela perfecta. No hay nada que hacer, esa sería una muerte de lo más elegante.

sábado, agosto 22, 2009

Quiero

Quiero conversar contigo por messenger
y decirte cosas que te hagan reir
Quiero verte esta tarde, abrazarte
y hacerte renegar, porque he encontrado nuevo hobby
y creo que es ese.
Quiero que sepas que te extraño
y quiero que estés bien, para yo estar bien.

Encontré este mensaje en mi bandeja de enviados. De alguna manera, al leerlo, volví a sentir lo que en ese momento me hacía escribir estos mediocres versos. Espero, en nuestra lejanía, en nuestro mutismo, en esta exagerada soledad; estés bien, querida.

sábado, agosto 15, 2009

Pena


Es una pena que no estés conmigo

en las tardes que se me antoja

un vino, un café o un buen tiro.



Es una pena saberte tan voluble

tan cansada, tan huraña

tan ausente de sonrisas que

yo te hubiera regalado.



Es una pena que no estés conmigo

cuando he dormido bien

he tomado mis pastillas

y no tengo el humor tan negro.



Es una pena verte tan poquito

hablarte casi nada

llamarte casi nunca

y recordarte tan a menudo.



Es una pena que no estés conmigo

cuando escribo por las tardes

y se me ocurren cosas como esta.