lunes, noviembre 30, 2009

The tears of the sunglasses




El sol refulgía impiadoso en las alturas cuando el bus avanzaba. La muchacha, casi una mujer, revisaba su cartera en busca del celular, estaba retrasada para llegar a su siguiente destino, estaba sofocada por el calor, por culpa del sol inmisericorde, estaba agotada de tanto ir y venir por una ciudad que no le ofrece nada lindo a la vista. En esta ciudad no hay nada que ver, todo es gris, todo es opaco, todo está cubierto por polvo o por basura arrojada desde los mismos buses que ella aborda todos los días y a toda hora. Cada día de su vida se concentra en ello, en ir y venir por esta ciudad que le parece mugrosa, por culpa de tener la responsabilidad de ser mujer aún siendo una muchacha, por tener que trabajar yendo y viniendo.

El bus iba apresurado y ella conversaba por celular o enviaba mensajes de texto. Su madre enferma se quedaba sola en casa mientras ella salía a trabajar, una señora que la última vez que vio sonreír a su hija fue cuando, meses atrás, le entregaban la tarjeta que la acreditaba como ciudadana adulta, pero que en el fondo seguía siendo una muchacha. La muchacha casi mujer que siempre estaba pendiente de su madre. A toda hora quería saber si se sentía bien, si deseaba que le llevase algo, hasta lo más mínimo.

La muchacha miraba por la ventana después de conversar con su enferma madre por décima vez en el día, tras su décimo viaje en bus, cuando alguien se sentó a su lado. Se trataba de un muchacho alto y, al parecer, casi de su edad. Llevaba puestas unas gruesas gafas de sol que le cubrían la mitad del rostro e iba vestido exclusivamente de negro. Cargaba una infinidad de paquetes, de todos los tamaños, de todos los colores. Paquetes que parecían de mucho valor pues el muchacho no los soltaba por nada del mundo, los cargaba todos y cada uno con el mismo cuidado con el que se toma a un recién nacido.

Tenía la voz apagada, algo le dolía, algo lo consumía. Ella logró oírlo cuando hablaba por celular. Parecía que la alegría en él se había ido de vacaciones, o tal vez para siempre. Su sonrisa se había largado y él nada podía hacer nada al respecto, sólo le quedaba cargar sus paquetes con sumo cuidado. Mientras ella lo revisaba de reojo, él mantenía la vista fija, como si estuviera meditando, recordando quizá, con la cara volteada a ella, con los dientes apretados y los paquetes abrazados, recordando quizá que su sonrisa no volvería.

Fue cuando la muchacha casi mujer sintió una profunda pena y, por primera vez en todo el tiempo que su madre se encontraba enferma, se preocupó por alguien más. Era toda la tristeza de este mundo lo que ese muchacho de las gafas de sol sentía, era toda la rabia de sentirse traicionado, era toda la pesadumbre del desamor, era la amargura de querer y no poder, la impotencia. Ese muchacho de las gafas de sol era todas esas sensaciones juntas y la muchacha casi mujer se invadía de ellas.

Y la mirada se mantenía fija, el muchacho no desviaba sus ojos ni su expresión, inmutable y callado se mantenía firme ante su cruel destino de ser quien era en ese instante, de ser toda la tristeza de esta ciudad. Fue en ese momento que su primera lágrima cayó, se dejó correr por el rostro, el trató de camuflarla, trató de secarla antes de que ella la viera. Pero fue en vano. Ella la vio y deseó en ese momento, con todas sus fuerzas, que se saque las gafas por un segundo para ver a sus ojos, para leerlos y que compartan su desazón. Pero el nunca los dejó ver. Lo único que se permitió fue llorar en silencio. Le permitió a ella ser testigo de su pena, que vea que en esta ciudad, en la que el sol refulgura inclemente sobre las calles sucias, el desamor puede ser glorioso si se traduce en lágrimas lacónicas.

Ella perdió su paradero por ver la belleza y la tristeza conjugadas, una sola, todo ella en una molécula de agua que caía a través de unas gafas de sol. Y cuando menos lo pensó, cuando más quería esa angustia cerca de ella, el muchacho decidió cargar sus paquetes, decidió que debía llevarse todo su dolor a otro lado, que a ella no le correspondía tener a la desdicha al costado. Él decidió que esa pena era suya y de nadie más, que a ella la dejaría, un día más, sin las esquirlas del abandono. Decidió que la dejaría ver, aparte de sus lágrimas, lo que esa suma de sensaciones provoca en el ser.

El bus se encontraba en movimiento en plena vía rápida, a toda su velocidad. El conductor sentía que debía huir de algo. Sentía una ola que se aproximaba, una marejada que era únicamente la tristeza de las gafas de sol, que apuntaban hacia él. Casi como un reflejo, aceleraba, pisaba a fondo y el vehículo rugía por el esfuerzo. Fue en ese momento en el que nunca estuvo tan cerca de la miseria. Ante el estupor de la muchacha casi mujer y del chofer, los dos únicos que habían notado el aura herida que habitaba el coche, el muchacho de las gafas de sol abrió la compuerta de salida. El estruendo de la pista, de la máxima velocidad se coló e hizo dar cuenta a todos los pasajeros. Las gafas de sol dejaron caer un par más de lágrimas, el muchacho agradeció la preocupación de ella, que se notaba en sus ojos, le dio las gracias con una sonrisa.

Esa sola sonrisa que al segundo siguiente no existiría nunca más. El muchacho de las gafas de sol, de la pena inconmensurable, de las lágrimas bellas, se había arrojado fuera del bus en marcha.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

noo puede ser ps andito quiero leer mas sobre eso no la termines ahi esta muy interesant esta historia...
laura

Anónimo dijo...

como andas .. tecuent q hoy fui a la borrego y la vi a Jessica te manda saludos
laura
pd cuando pueda escribete un correo ps jajja

Javier dijo...

bonito relato...

la pequeña candi dijo...

Sorprendente, como siempre.
Un abrazo desde el otro lado del mundo.

Elmo Nofeo dijo...

En cada cabeza hay un mundo que nadie sabe como acabará, ni uno mismo.

Drope "U" dijo...

que buena historia. pero ese final me dejo mucho que pensar

Fiore dijo...

bu
me dio algo de pena la historia del muchacho

bsos de esposa primeriza y Recién casada

Elmo Nofeo dijo...

¡Feliz Navidad!

Anthony dijo...

Tienes un don man para escribir muy bueno.

Anthony

santiagoMdc dijo...

mm... que llevaba en los paquetees? dejaste con la curiosidad. u.u (¿pulp fiction? (maletín)) xD