lunes, marzo 15, 2010

El escape

Apuraba el paso, casi corría. Manolo huía una vez más. Es un cobarde, decían a media voz todo el que lo veía pasar. Es un cabrón, dijo su amigo cercano. Lo dejaron ir, le dieron los medios para que se vaya, querían que se vaya y él se dio cuenta.



En el centro, Manolo va a su bar de siempre, por su licor de siempre, con su amigo de toda la vida. ¿Trajiste limón?, Un kilo, Excelente. Por más antipatriota que sea, él tiene cierta debilidad por este cóctel bandera, Espumita y un poco de amargo y ya estamos. De manera extraña, el centro de Lima hace sentir como en casa a un hombre que no se siente ni muy peruano, ni muy chileno, ni le importa mezclar un poco el acento, si hablar como argentino, o hablar días enteros en inglés, en british, como a él le gusta. Este hombre sueña con volar lejos y extrañar la plaza, el pisco, Jirón de la Unión, los cines, los bares, los balcones, los postres de Chabuca. Extrañar todo quiere.


¿Y cuánto tiempo se va a quedar? Pregunta Alex mientras sacude la coctelera. Ni idea, supongo que hasta la noche. Isabel regresó a la casa de Manolo y este se fue antes de su arribo. No desea verla, aún tiene en su memoria todos esos reclamos de cuando se estaban separando, su llanto falso, su pena fingida. Su madre siempre la recibe, se llevan bien, se quieren; y Manolo odia eso. Se siente traicionado por su propia familia, teme que estén de su lado.


La cuarta copa ya surte efecto. Sus ojos vidriosos lo delatan. Responde y susurra en ingles. Alex no lo entiende, le golpea la nuca y le dice que hable en español. Se ríen, es todo lo que les queda. La botella se terminó y no hay con que preparar más. No más pisco por esta noche. Se hizo tarde e Isabel ya se habrá ido. ¿En serio la odias? La pregunta de su amigo retumba mil veces en su cabeza. No lo sé, responde, como si no le importara. Ella no es una mala persona, insiste Alex, No deberías andar con esa bronca siempre que sepas de ella, no se lo merece, tú no te lo mereces.


Manolo camina frente a la Plaza de Armas con un cigarro en la boca, está ebrio, dolido, confundido. El tiempo ha pasado, mucho tiempo ha pasado, a ella no le interesa que piense él. Entonces, será hora que el mundo siga dando vueltas. Será hora de dejar de escapar. Tal vez debería hablar con ella. El cigarro quema sus labios. Lo deja caer, lo pisa, la machaca en la acera. Toda la ira se fue, se fugó de él, como él. Pero dejó una sucesora: la pena.