domingo, abril 18, 2010

Homeless Boys


Eran los doce y ellos seguían caminando. Daban vueltas por todo Santa Úrsula como si fuera su patio trasero, su jardín. El pequeño distrito era su casa, todo él. Cada banca del parque les había servido de cama, cada arbusto de baño, cada carretilla de hamburguesas de comedor. No había sitio que ellos no conocieran ni gente que no los saludara. Caminaban en perfecta armonía, acostumbrados ya a estar uno al lado del otro, compartiendo los cigarros, las historias, el frío y el desvelo.


Paco llevaba años en Santa Úrsula. Huyó de su casa después de la golpiza por su primer tatuaje, dos años antes de terminar el colegio, cuando su hermano tenía apenas seis, justo la noche que su padre decidió molerlo a palos y decirle que era una vergüenza. Huyó y no volvió a mirar atrás. Se despidió de su madre con un beso en la frente mientras dormía. Su hermano lo acompañó hasta la puerta para trancarla tras su salida. Con sus ojos inmensos y acuosos le pidió que regrese un día, de visita, para quedarse o para almorzar, para jugar pichanga en la pista. Paco le guiñó un ojo, le sonrió apenas y le rascó la cabeza antes de perderse en la noche limeña.

John siempre tuvo lo que pedía. El colegio caro, posteriormente la universidad cara, la ropa de marca, las fiestas en el lugar de moda, la novia bonita, la familia perfecta. Hasta que un día decidió dejar todo eso. Discutió con su familia porque le empezaron a exigir resultados de su inversión, querían que consiga un trabajo, que pague por sus cigarros aunque sea. Y él, de carácter impulsivo, no estaba dispuesto a eso. Entonces huyó y no volvió a mirar atrás. Fue cuando se encontró con Paco en las calles de su barrio de toda la vida. Y se adoptaron el uno al otro.

La noche que Manolo los encontró en medio del parque, John miraba con taciturna angustia a Paco, había encontrado un lugar para dormir y no sabía como darle la noticia. Uno de sus tíos decidió hacer las paces con él y le ofreció su sofá para que mate el desvelo. Paco, sin familia en el barrio, no gozaba de esas posibilidades y usualmente, antes de conocer a John, se consolaba durmiendo en una vieja mesa de billar que le ofrecían en la casa de juegos cercana a la avenida principal. Manolo, con esa insospechada ternura que le producían, se acercó para darles cigarros y acompañarlos mientras John decidía como hacer para que Paco no se sienta traicionado.

Fue bien pasada la medianoche, después de haber jugado Black Jack bajo el tenue alumbrado público, cuando el ínfimo cachito de marihuana que tenía John se había consumido, fue que éste se decidió a confesar, impulsado por el sueño tal vez, que por aquella única noche se separarían. El delgado Paco lo miró fijo, con cierta decepción, pero no se hizo mayor lío. Le pidió que lo acompañe unos minutos más mientras pensaba en donde dormir. Manolo, ya sin cigarros y con cierta sonrisita del humo divertido se despidió entonces, no sin antes pensar en la posibilidad de alojar a Paco pero desistiendo de ella pues en su casa las horas transcurrían muy rápido y sus padres se levantaban muy temprano.

Conmovido por las suertes dispares de sus amigos pero con cierto tufillo alegre, Manolo les dio el dinero que tenía destinado para las cervezas del viernes, sin ánimos de sugerir nada raro o escandaloso –o estrictamente privado- los incentivó a que compartan un cuarto de hostal hasta que se haga de día, puedan dormir cómodos, ducharse y tal vez ver algo de televisión. Ambos lo miraron agradecidos, sonrientes. Tal vez al día siguiente se tengan que separar.




4 comentarios:

la pequeña candi dijo...

Triste historia, aunque esperanzadora...
Un abrazo.

Anónimo dijo...

reading your stuff inspired me keep it up and update more often

darling...

Javier dijo...

relato triste...

Drope "U" dijo...

no me hagas llorar por favor...
dicen que la cerveza no calma ni hace olvidar las penas. las aumenta