lunes, noviembre 15, 2010

Vientos

Las últimas semanas Santa Úrsula había sido víctima de vientos que recordaban los mismos que pronto se llevarían Macondo al olvido. Un atisbo de histeria colectiva rondaba a los habitantes que se preparaban para un huracán, un tifón o un terremoto. Las camisas puestas a secar se volaban ni bien puestas y la gente andaba con sus prendas húmedas por temor a perderlas. Los niños pequeños caminaban bien asidos de las manos de sus padres y con piedras en los bolsillos. No había más cometas volando en los parques ni gatos en los techos, se esfumaron a las seis de la tarde del primer día de invierno cuando los aires arreciaron en el vecindario.

Manolo, ya viejo y achacoso, recordaba que los ventarrones habían invadido Santa Úrsula treinta años atrás con la misma convicción que los de ahora. En los días más acentuados, un par de arbustos se desarraigaron y los cables de electricidad se cayeron dejando en penumbra varias calles por unas cuantas semanas. Era la época en la cual, enamorado y valiente como pocos, se arriesgaba a caminar las tres cuadras que separaban su casa de la de su querida. Un día de esos, olvidando las pesas de bronce que colocaba en sus bolsillos, fue cargado por un remolinillo que se formaba siempre en el pasaje previo a la casa de Darlene. Lo encontraron a las horas, atascado entre las ramas de un naranjo cercano.

Darlene, de ojos pardos y cabello negro, decidió sorprenderlo el día de su cumpleaños llevándole un pastel que había preparado la noche anterior. El viento había amainado los días previos y la emoción de la sorpresa había hecho olvidar las precauciones. Llevaba un bello vestido blanco, de pliegues, con una falda hasta debajo de las rodillas. Así emprendió el camino a la casa de Manolo. Avanzada una cuadra se dio cuenta que el temporal había vuelto. Estuvo suspendida por unos segundos hasta que logró asirse del conocido naranjo. El pastel, como quien sabe lo que sucede, se mantuvo firme en su otra mano. Reacia a dejar su misión, se empecinó en llegar a su destino, avanzó a pesar del remolino que casi le arranca el molde de las manos y levantó su faldón sin ningún pudor.

Manolo, ceñudo para disimular sus ojos vidriosos, veía como volaban cerca a su ventana ramas con incipientes frutos de naranja, tierra que golpeaba el vidrio, agua, más ramas. Y ya lo había comprendido. El naranjo que parecía eterno, el naranjo que hubiera socorrido a Darlene si esta se quedaba cerca, el naranjo que había soportado treinta años de vientos, mucho más que cualquier otro árbol de Santa Úrsula que ahora parecía una sabana, el naranjo había sucumbido al temporal proveniente del norte, de Macondo. Se iba al encuentro de Darlene, que treinta años atrás, en el justo día del cumpleaños de su novio, había sido arrastrada, recogida quizá, por las puras ganas de llegar a la casa del festejado. Los vientos se llevaron a Darlene, con pastel, vela y faldón, se la llevaron con rumbo inalcanzable.

Ese día, cuando la última raíz fue arrancada, los aires aflojaron para bien.

4 comentarios:

Elmo Nofeo dijo...

Canción sugerido para el post:

"Viento, díle a la luna,
que quiero volar y volar,
yo estoy con mi compañera
hace una semana sin poder volar."

Nayade dijo...

Hola

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Suerte con tu blog y que tengas una bonita semana!

Anónimo dijo...

Odio limpiar por que me causa angustia pero aun mas, odio ordenar por que siempre encuentro algo que me distrae, como por ejemplo el otro día cuando encontré aquel librito Azul y me puse a leerlo. Y a divina que? Lo acabo de terminar. Tenias razón el ultimo es el mejor.

ando... dijo...

A veces es mejor dejar macerar los libros, que revoloteen en nuestro subconciente, olvidarlos un poco. Porque si es un buen libro, a la hora de quitarle el polvo, te queda eso, siempre un buen libro.