lunes, mayo 23, 2011

Edad lejana

Si aún recuerdas
la promesa aquella
de aprender a querernos
nuevamente
a una edad lejana
te comento que
todavía estoy dispuesto

Dije 40
para ser maduros
y estar seguros
Y tú 30
para seguir alegres
y tener hijos
sin problemas

Mejor 35
para el equilibrio
A tu figura me remito
Dios la guarde
así tenga mis dudas sobre él
pero no de ti:
espero sigas dispuesta

viernes, mayo 13, 2011

Abril

Alma pela camotes mientras me sonríe. Casi no me escucha, lo sé, sus reacciones son calculadas y previsibles y me da la razón en todo. Soy un parlanchín confeso y ella es muy cortés. Cuando me callo –por fin- es su turno. Yo la escucho atento. Su voz bella y juvenil, de cocinera novata me despierta el interés dormido desde el verano. Es huérfana de madre, la perdió hace bastante ya y el acechante Día de la Madre no es mayor problema. Falleció en abril, pasada una semana de su propio cumpleaños, una semana antes de que Alma cumpla diez.

Abril pasó lento para ella, este año en especial. Durmió poco pero soñó mucho. Su madre, tal cual la recordaba, le preparaba el almuerzo apenas cerraba los ojos, ella podía oler y paladear cada esencia que salía de las ollas. A mediodía, con las ojeras que le ganaban al maquillaje, comía lo que había soñado, salía al mercado apenas las seis, compraba lo necesario y continuaba la receta materna. Ocho años después parecía que sí la extrañaba. Que se hizo cocinera como ella no por puro gusto sino a manera de homenaje. Que en abril todos los almuerzos que preparó fueron literalmente comidas de ensueño.

Abril se me pasó lento también, le cuento. Tengo la soledad ocupada de universidades y trabajo. Hace tres meses mi novia me dejó abandonado en Lima. Tomó un vuelo de regreso a su vida real, lejos de la pequeña luna de miel que hicimos en nuestra habitación. No la lloré, las suspiré y quizás lagrimeé un poco. Un mes después la dejé yo a través del teléfono, nunca he creído en eso de las relaciones a distancia. Al hacerlo tenía un furibundo nudo en la garganta –supongo que ella también lo tenía- que nos dejó tres minutos exactos oyéndonos la respiración. El silencio de palabras más triste del mundo.

Alma vive sola desde los quince, en una pensión dirigida por monjas a cargo de la iglesia local. Su padre, casado y con nueva familia la llama y mima cada vez que puede, ocasiones que por ahora son pocas, según me cuenta. Alma le da una probada a su salsa que nunca supe cuando empezó a preparar. Está deliciosa, como su voz, como su sonrisa.