martes, septiembre 13, 2011

Tu soledad y la paz

El departamento es helado y blanco por todos los rincones. Es nuevo, me lo repetiste todo el camino de ida. Pensaba dejarte acostada, las copas se te habían pasado hace mucho durante la noche. Pero no pude, provocaste en mí eso que siempre supiste lograr desde nuestra primera madrugada, allá, en un enero viejo y borroso. Es una pena que el vino haya avivado nuestros contados momentos felices. Es una pena porque nuestra infelicidad junta fue lo que terminó pesando sobre todo. Son casi tres años, querida. Tanto tiempo pasó hasta que decidí calmar mi mal humor y reírme contigo.


Me recordaste mi soledad, y la tuya. Una soledad sostenida, bien nutrida. Debe ser lo único en lo que aún coincidimos. Con un reflejo familiar nos sorprende el espejo del armario. Nuestros cuerpos no han cambiado mucho. Quizá hemos subido y bajado kilos, un par de cicatrices nuevas por ahí y yo que me hice más tatuajes. Pero es una foto vieja la que vemos impávidos desde el fondo de la sala.


Nunca tuvimos mucho preámbulo. Se me hace tan extraño que aún mantengamos esa dinámica. Tan extraño como estar en tu cama, hayarme consciente de no ser el primero ahí y que no me moleste en lo absoluto.


Lo siento. No podía amanecer contigo. Hubiera sido una invasión a tu soledad y una transgresión a la mía. No estoy muy seguro de lo que eso signifique, pero no me lo hubiera perdonado. Lo que no lamento es haberte vomitado mi resentimiento, añejado por desengaños más recientes. No lo lamento porque estoy seguro que no te importa. Y de paso me dejo de ahorrar esa amargura. Por eso cuando me despedí no volví a mirarte. Porque me despedía de una vieja tribulación. Visitaba el territorio de una guerra perdida. Pasaron casi tres años, querida, y por fin pudimos firmar la paz.

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